jueves 26 de febrero de 2009

Nueva

Aviso, aquí va una entrada personal, no todo va a ser literatura, que para eso este es mi blog, leches! A todos los que leéis y no comentáis, vosotros os lo habéis buscado xD. De hecho tengo una sensación de intimidad porque me parece que nadie lee nada. Comentad, cobardes!!!!

Ufff ¡menuda semana! la verdad es que esta siendo intensa y todavía es jueves. Si es que no me gusta la rutina y el Universo es lo que me da. La verdad es el lunes tuve un día un poco triste. Estuve a punto de enviar una carta de adiós a una persona que debe alejarse de mi vida. Sí, soy así de romántica, aún utilizo sellos (debo ser la única persona en el mundo). En realidad tengo mucho que agradecerle, obviamente no por dejarme meses y meses vagando por mi casa en pijama y batín como un zombie, pero sí quizás por hacerme daño. Es difícil perdonar a alguien que te hace sufrir, y eso lo sabemos todos. Pero más difícil es perdonarse a uno mismo. De hecho pensé que ya le había perdonado, y a mí también, pero mira por donde, no era así. Tras hacer un poco de introspección (y el insomnio ha hecho el resto) he llegado a la conclusión de que la vida está bien tal y como está. Si él decidió estar con alguien diferente a mí, aunque se hagan daño mutuamente, pues bien está la cosa... el problema quizás fue mío por estar ciega y permitir mentiras.

Una vez ha pasado la tormenta (años de tormenta), tras miles de llamadas recibidas para perturbar mi pequeño remanso de paz, el vendaval arrecia y me recompongo. Es extraordinario saber lo fuerte que es el ser humano, cuando el lunes estaba destrozada por dentro por culpa de los recuerdos y otra perturbadora llamada, y lo entera y llena de vida que me siento hoy. Quizás es porque a lo largo de cierto tiempo me he dejado mimar. Sí, yo. He llorado en el hombro de alguien durante cierto tiempo (gracias mi amor), más de dos años ya, he aprendido a no prestar mi hombro a cualquiera y por supuesto ahora me dedico a disfrutar de la paz que queda tras la tormenta. Ayer, después de el día tan estupendo que tuve (fue horroroso, creedme), el hado me regaló un par de cosas. Estuve en casa de Irene (cuyo nombre significa "paz", para quien no lo sepa), que es una de esas pocas amigas de la infancia que tengo. Voy a describir brevemente a Irene, y pronto me entenderéis: es una chica dulce, sensible, a veces un poco infantil (pero por algún motivo es la única que se ha independizado, ironías de la vida), encantada de la vida de poder gastar su sueldo en cremas de chanel de 50 euros el botecito. Cualquier persona que se tope con ella a simple vista pensaría que es superficial, pero como a mí no me van las cosas superficiales, si lo fuera no sería mi amiga. Ayer estaba triste porque una amiga suya se había portado mal con ella. Le presté mi hombro, le eché las cartas, más por el hecho de distraerla que por otra cosa. Cenamos una pizza familiar (a la mierda mi dieta) y estuvimos viendo fotos antiguas hasta tarde.

Esta mañana me he levantado con un pijama prestado azul pastel, en una cama grande de matrimonio llena de peluches y cojines, los cuales no quité de la cama porque me cuesta dormir sola. Quizás ha sido el hecho de dormir más de 4 horas. O que cuando me he levantado hemos desayunado tostadas, zumo de naranja recién exprimido y café de genjibre (adoro su nespresso). O que mientras me duchaba me ha puesto una estufita para que no pasara frío y después me ha planchado el pelo. Puede que la crema de 50 euros me deje la piel estupenda y que el perfume de Escada me haga sentir bien a lo largo del día. O simplemente ella, con todo su amor y sencillez. Los demás es accesorio, podría haber estado la habitación vacía y me sentiría de la misma forma: de nuevo en casa.

Por esto y por otras cosas, la vida es maravillosa, he conseguido transformar todo mi dolor y ahora, después de muchos años, solo siento paz hacia él. He conseguido ponerme una canción que me ponía triste solo por los recuerdos que emana y hoy he derramado mi última lágrima, ya se han acabado y me he vaciado, solo hay paz. Así que he decidido enviaros esta canción, como en una botellita lanzada al mar, para que la cantéis al oído de quien sea, o a vosotros mismos. El Universo sabrá devolver cada cosa a su tiempo. Disfrutad de las pequeñas cosas de la vida tanto como lo hago yo. video

miércoles 18 de febrero de 2009

Cuentos de una exstencia.



Bueno, aquí una de mis novelitas puzzle, de historias entrecruzadas. Este capítulo está especialmente dedicado a Firea y a Alfredo, que aunque no me dejan comentarios (Firea porque ya me los deja en la Hermandad del Bosque y Alfredo porque es un negado para usar el blogger este xD) son una de mis motivaciones. Alfredo, gracias por animarme aún y cuando ya no tengo fuerzas para ponerme delante del papel en blanco. Gracias por hacerme la pelota cuando peor pienso que escribo. Pensé que "desorden" te gustaría, así que espero que disfrutes. Espero que encuentres el momento de leerlo y aquellas cosas que te lo impiden desaparezcan. Me gusta ser una de tus revistas favoritas.



3- Desorden.


Otra vez había estado en casa recogiendo sus libros. Pero había sido muy cuidadosa, saliendo antes de que yo llegara del trabajo. Siempre evitándome. Maldito turno de noche, no tenía ni ganas de enfadarme con ella. Me llevé las manos a la cara. Definitivamente necesitaba afeitarme. Eran las diez de la mañana y debía acostarme si no quería vagar como un zombie el resto del día. Y necesitaba aprovecharlo, llenar la nevera y cosas así. Bueno, puede que aún tuviera algo de tiempo para un café. El sabor del café atravesando mi garganta me producía un intenso placer. Su aroma invadiendo cada papila gustativa. Su amarga fragancia subiendo hasta mis fosas nasales me calmaba, apenas me afectaba la cafeína, mi organismo ya estaba tan inmunizado como si me hubieran vacunado contra él de pequeño. Y sentirlo en mí quizás era un placer mucho mayor al físico.

Me dirigía a la cocina y puse en marcha la cafetera. El aroma tostado embotaba mis sentidos como una peligrosa droga. Llevé la taza a la mesa de la cocina y traté de sentarme en su sitio, para evitar los recuerdos y cambiar la perspectiva, buscando una ruptura en la rutina de mi ángulo de visión. Era una técnica nueva que intentaba desarrollar últimamente. Pero no funcionaba. Así que mi taza y yo nos fuimos a la mesa del comedor, huyendo de los recuerdos que me asaltaban en la cocina. Perfecto. Estaba jugando a mi mismo juego. Se había dejado un libro en la mesa del comedor. Así no iba a funcionar ningún juego… Miré la portada. “La señora Dalloway”.

-Te he leído mil veces en tus libros subrayados.- Le dije a la casa vacía, como ella si pudiese oírme.- A veces creo que hasta he llegado a conocerte… y cuanto más me acerco…-

“Más te alejas” pensé somnoliento. Así que ésta vez iba a ser la Señora Dalloway… abrí una página al azar… “Amar nos separa de los demás”. Eso era, otra vez me habías leído el pensamiento y habías respondido sin voz. Ese era su estilo, siempre muda: llegaba, levantaba una ceja, te miraba a los ojos, profunda e infinita, te dejaba una carta sobre aquella almohada que ya había impregnado con su fragancia y todo tu mundo se desmoronaba. Se iba igual que llegaba, en silencio, de la forma más sorprendente y como si siempre hubiese estado ahí. Su pluma, afilada espada, podía atravesarte las entrañas hasta matarte o acariciarte delicadamente. Y nunca se separaba de su pluma. Casi llegué a pensar en ella como en un amante. Me había robado tantas horas de su tiempo que no pidía sino odiarla. Se sentaba sobre la mesa de la cocina iluminada por el sol a las diez de la mañana. Una mañana como ésta. Cuando estaba con su pluma, o con el teclado, parecía secuestrada. Busqué al azar otra página, subrayada, releída y desgastada. Estupendo, una mancha de carmín. De mi marrón chocolate preferido, ese que tanto me divertía arrancárle a besos. Ahora también lo compartía con “La señora Dalloway” y el resto de sus amiguitos con páginas.

“Estás hecho un asco” me dije a mí mismo. Definitivamente necesitaba dormir. Aquellas copas de más con las chicas de la barra no me habían sentado muy bien. De alguna forma tenía que animarme, por lo menos mientras trabajaba. Y el bar del hotel estaba abierto las veinticuatro horas. Después de estar ocho en la recepción aguantando memeces necesitaba despejarme, pero el alcohol ya no me sentaba tan bien como cuando tenía veinte años. Apuré el café deshaciendo mis pensamientos al agitar mi mano en el aire. Intenté alejar cualquier cosa que atravesara mi cerebro. Me levanté con el libro en la mano, cogiéndolo por la contraportada en una actitud de maltrato que me reconfortó tanto como el café y me enfilé pasillo arriba. Mis pasos sonaban torpes por el agotamiento. Me fui desnudando por el pasillo con la mano libre: me saqué la camiseta por el cuello y desabroché mis vaqueros. Por fin llegué a mi meta, me dejé caer sobre la cama, haciendo un ovillo con los vaqueros, lanzando las botas a un lugar cualquiera de mi habitación y dejándome caer como una pesada mole de hormigón. Pronto el cansancio se apoderó de mí, y durante ese instante entre el sueño y la vigilia tiré el libro de tapas blandas fuera de la cama. Un intenso sopor se apoderó de mí en cuestión de segundos.

Una voz de azafata aterciopelada me susurra “amar nos separa de los demás” y lo subraya con cada sílaba melodiosa emanando desde el altavoz y hasta alguna parte de mi mente. En realidad es una canción que escucho mientras cojo el metro. Me siento entre dos chicas de las cuales no miro ni la cara. Sé que una de ellas es preciosa, con un cuerpo esbelto y digno de mirar. Me fijo un poco más en cada detalle: Se encuentra mirando al vacío a través de las ventanas del tren. No escucha música, ni lee, solo mira al infinito. De vez en cuando mira el libro de su compañera de asiento con algo de interés. La miro mientras lee el libro del asiento de al lado. Sus rasgos son dulces, de cara ovalada, ojos de avellana alargados y labios carnosos. La miro con cuidado, despacio, hasta que se pierde de nuevo a través del cristal ahumado de tren. Lleva el cabello destartalado sobre los hombros, el viento ha despeinado cada mechón y entre lo distraído de su mirada y el desorden de su pelo castaño claro, dan ganas de tomarla entre los brazos y protegerla del viento, la lluvia y cualquier cosa que le cause ese mirar perdido. Me acomodo un poco más en el asiento y pienso en el destino del tren. Tenía tantas ganas de salir de la ciudad. El tren iba a salir pronto a la superficie, rozando de nuevo la luz del sol. En cuanto saliera cogería el tranvía a la playa.

Mi tranquilidad se desmorona cuando el tren se parte en dos. Ante mis ojos atónitos el vagón se quiebra entre gritos, chispas que saltan y un sonido ensordecedor y metálico. Mis ojos se posan instintivamente en la joven de mi lado. Grita presa del pánico. Yo solo puedo pensar en protegerla. Los pasajeros corren desesperados buscando un lugar seguro, mientras el tren recorre la vía desenfrenadamente. El libro de la mujer que había a dos asientos del mío vuela por los aires. La joven se me abraza, en un arrebato instintivo, y yo siento su cálido cuerpo en mi pecho. Respira de forma desbocada. Casi parece llorar silenciosamente. Mis manos se posan en su espalda, intentando calmarla. Pero hay algo húmedo que recorre mis manos, primero lentamente, con un goteo suave y luego de forma rápida e ininterrumpida. Puedo sentir con las yemas de mis dedos una brecha en el tejido de su suéter de lana. Un gran boquete que deja una herida al descubierto. Nervioso, desgarro una de mis mangas para cubrir la herida y que no pierda más sangre. La chica llora silenciosamente mientras el caos reina por doquier. Intento tranquilizarla “todo va bien, yo estoy contigo”, Pero no responde. Comienzo a perder los estribos. Aquella desconocida no responde. Solo solloza. Intento tranquilizarla mirándole a los ojos. Con mis manos ahogadas en su sangre tomo su cara y la vuelvo hacia mí. Sus mejillas se encienden pintadas por el líquido. Y la desconocida se convierte en la lejana sombra de alguien que conocí hace mucho tiempo. Tanto que ya no recuerdo. No recuerdo ni su nombre, pero sin duda es alguien antigua, una compañera de viaje que ha cambiado de forma tantas veces. Alguien a quien he amado infinidad de veces y he perdido otras tantas. Alguien que alguna vez fue una parte de la misma alma a la que yo había pertenecido. Ella, que en origen había sido lo mismo que yo. Entendí que la perdía. Si el guía de aquél tren nos condenaba a todos, yo permanecería a su lado, pues los guías a veces se equivocan. Pero allí estoy, a su lado, y esto es lo único que tiene sentido ahora. Quise secuestrársela a la muerte unos minutos más, solo unos minutos. Grito su nombre, cualquiera que fuera, pues se lo había robado el tiempo a mi memoria. Le dije que no tenía nada que temer, que pronto nos iríamos a la playa a la que tantas veces nos escapábamos. Y ella me mira, desde unos ojos avellana bañados en lágrimas. Y no dice nada. El silencio nos roba el tiempo entre dos respiraciones.

Unos brazos rodeaban mi torso. A caballo entre un vagón de metro despedazado y mi cama, dos firmes senos se adherían a mi espalda desnuda. Unos labios carnosos besaban el lóbulo de mi oreja. De nuevo me sentía en calma, casi estaba olvidada la catástrofe del ten. No había sangre, ni lágrimas, ni sollozos, ni pérdida. Los gritos habían desaparecido. Solo suaves besos. Su aliento recorría mi mandíbula, bajando hasta mi cuello. Me abrazaba fuertemente, con intención de despertarme. La luz del día moribundo se filtraba a través de las cortinas del dormitorio. Y entonces una voz enmudecida por el silencio dijo:

-Ya he vuelto. Todo tiene sentido. La vida es maravillosa.-

jueves 12 de febrero de 2009

Cuentos de una exstencia.





2. Miradas.

Unos dedos ansiosos se enredaban en mi pelo, mientras yo sentía su aliento en mi nuca. Sus brazos me abarcaron y mi espalda quedó piel con piel sobre su pecho. Su abrazo era como las olas del mar mereciéndome al compás de su respiración. Quise darme la vuelta y me quedé frente a él, rozando cada centímetro de su rostro con las yemas de mis dedos. Era la sensación más agradable del mundo, su piel en mis manos.
-¿Acaso necesitas algo más? ¿No es éste pequeño momento el más feliz de tu vida?- Preguntó mi compañero mirándome a los ojos.
-Casi.- Contesté.
-¿Dónde quieres ir?- Me susurró al oído.

Medité unos segundos la respuesta, pero no pude hablar, ya que él me liberó de las sábanas que nos cubrían de pies a cabeza y la intensidad de la luz me cegó de repente. Ya no era de noche. Por lo menos no todavía. Me incorporé y mis ojos se perdieron en la inmensidad del mar que se extendía ante nosotros. El sol se bañaba en él, casi a punto de bucear en el horizonte. Un sol cálido y bondadoso de ensanchada figura anaranjada, que no dañaba la vista al mirar. Me deslicé hacia la arena fina y clara, que devoraba la mitad de las cuatro patas de la cama. Mi acompañante, cuyo nombre había olvidado, salió de la cama y me cogió de la mano, caminando a mi lado, hundiendo sus pies en la arena. Su nombre. Debía ser tan antiguo en mi memoria, tan lejano, que ya no importaba, nada era necesario. Me besó lentamente, en los labios, allí donde nuestras almas se había encontrado tantas veces, y recorrimos juntos la distancia hasta la orilla en silencio. Silencio.



Suena el despertador, con un pitido insistente que taladra mi cabeza. "Cinco minutos más". Quiero volver a la playa, pero ya no puedo. Tampoco estoy sobre mi colchón, en mi habitación. Estoy perdida a medio camino, pero no hay de qué preocuparse, mi despertador siempre vuelve a rescatarme, como buen caballero andante que es. Y suena de nuevo. Maldito trasto, soy una amante desdeñosa para ti, no me salves. ¿Te gusta ésta Dulcinea? al final la amante déspota silencia al caballero y es rescatada a regañadientes. Me incorporo. Olvido poco a poco mi playa y a mi alma compañera y piso el suelo, que está helado. ¿Dónde habré dejado mis zapatillas? Comienzo mi rutina diaria, me cepillo los dientes, el pelo, me visto, desayuno, me cepillo de nuevo los dientes. Me preparo la mochila (a la que siempre le falta algo por despiste)y salgo de casa con la hora pisándome los talones... tiempo. Paso la mitad de mi vida en el deficiente transporte público, el cual me dispongo a coger casi sin aliento porque es mi único momento de deporte al día: perseguir el autobús. El conductor nos mira fugazmente a mí y a mi bono de transporte mensual. Busco el asiento más aislado, sin compañero, como casi todos los viajeros. Y ésta es (exceptuando las clases en la facultad) la reunión más numerosa que tendré en toda la semana. Y silenciosa. Me paso media vida en éste lugar que no es lugar, de camino a otro sitio.

El día transcurre agitado en algunos momentos y aburrido durante otros. Las clases se deslizan entre las horas de mi existencia. Se acerca a mí una compañera de hacía mil años, a la que no había conocido por su cambio radical de imagen.
-¡Vaya, cuánto tiempo! ¿Cómo te va?- Pregunta animada. Siempre me han parecido vacías las preguntas ritualistas, éstas para iniciar conversaciones.
-Bien, aquí...- ¿Dónde es aquí?, me pregunto.- Saliendo de clase de historia de la lengua inglesa.- ¿Acaso no es obvio? ¿No me ves salir tú misma?
-Vaya, hace mil años que no hablamos, no sé por qué dejamos de hablar, supongo que sería por Ana. ¿Sabes algo de ella?-
-No, nada.- Respondo cansada.
-Tenemos que quedar más. Una día te llamo y nos totamos algo.- Y aquí viene mi parte favorita:-Dame tu número, que me han robado el móvil y he perdido los números de muchos contactos.-
-Claro, tenemos que quedar. Cuando quieras.- Pero por la expresión de su cara sé que no he sonado convincente. Así que me pongo a cantar los números de mi móvil rápidamente antes de marcharme.

Durante la comida en la cafetería de la facultad, atestada de gente, me siento con dos compañeras. Resuenan ecos de mi vida en las palabras de una de ellas, cosas que me recuerdan a mí misma de una vida muy lejana que tuve en algún momento. Algo sobre viajar, mantener una relación a distancia, peleas por culpa de los kilómetros. Pobres kilómetros, ellos qué sabrán. Habla de convivencia. La escucho atentamente y comento lo mucho que me recuerda a mí misma hace un tiempo y me sorprendo pensando en aquello y en lo diferente que es ahora. Me encuentro cómoda escuchando, no necesito hablar demasiado últimamente.

Llega la tarde, que me agota siempre por el trabajo. Y acaba. Vuelvo a casa, vuelvo a mi no-lugar. El conductor revisa mi bono de transporte y mi cara y comprueba. Me pongo algo de Muse en mi reproductor y busco un par de asientos vacíos, uno para mí y otro para mi agotamiento. Miro distraída el cristal y las calles. Pero algo sucede. El cansancio, que se había sentado en el asiento de mi lado, se marcha de repente y un par de ojos verdes me observan mientras se apoderan de éste. El chico sin nombre lleva el pelo largo y recogido. Su mirada es intensa. O a mí me lo parece. Su sonrisa está enmarcada por unos finos labios, rodeados por una barba de dos días. Sin entender muy bien por qué cierro los ojos, suspiro. Recuerdo mi sueño, estaba en la playa, con alguien muy parecido, no físicamente, ni siquiera lo recuerdo. Pero similar de alguna manera. Me pierdo en la imagen del sol bañándose en el horizonte.

-¿Dónde vas?- Me pregunta el desconocido, atravesándome con la mirada.
-A la playa.-
-Yo también. Voy contigo.- Y sin decir nada más me toma de la mano.

Todo tiene sentido. La vida es maravillosa.

viernes 6 de febrero de 2009

Cuentos de una exstencia.



1. Hoy


Mirando distraída al infinito, al cristal ahumado del vagón de metro, mis ojos parecen dos caminos hacia mi esencia. El mundo se tambalea cuando el vagón, atestado de gente, sumida en sus propios pensamientos, se detiene. Los diminutos auriculares susurran infinidad de canciones, se entremezclan como si me encontrara en una colmena de abejas, ocupadas con sus quehaceres, algunas enfurecidas, otras serias, pensativas, mirando al infinito del cristal ahumado, navegando en su propia esencia. Se produce un intercambio en el tren, un gran número de personas salen apresuradas y otras entran, empujando a las primeras.

Mis ojos me devuelven lo que fui, lo que nunca he sido y lo que amé. Lo que no comprendí y lo que nunca asimilé. Las vidas que nunca daría a luz y los personajes a los que nunca daría voz ni palabra. La pluma de mi bolsillo estaba desgastada, obstruida por la tinta, pero la limpiaría pronto, al llegar a casa. Había sido un día duro, perdida entre palabras, gramática, esculturas hechas de sonido. Verbos y sustantivos. Tenía ganas de salir de aquel tren, de dejar de mirar al vacío entre parada y parada. En realidad esperaba que fuera un día animado, me gustaba leer en el metro, en el transporte en general. Giro la cabeza cuidadosamente, echo una ojeada a libro de mi compañera de vagón y de asiento. "La historia interminable". Me pierdo en mis recuerdos de un cuento lejano, en un mundo de fantasía, perdido en algún lugar de mi mente. Sueño.

Una voz de terciopelo me anuncia mi llegada a la estación deseada. Justo ahora que uno labios cálidos me besaban el cuello. Justo cuando me perdía entre su cabello. Despierto. Pulso la manivela y las puertas se abren, de forma suave y mecánica. Me empujan hacia adentro del vagón, pero mis reflejos están en auge tras el torrente de gramática de la tarde. A pesar de la ensoñación. Cancelo mi billete, subo por el lado derecho hacia la calle, las escaleras están mojadas a mitad de camino. El viento me empuja hacia abajo, hacia el metro, de nuevo. Como las personas impacientes del vagón. La lluvia cae bruscamente en diagonal, de forma violenta, cada gota me golpea, densa. "Debe de estar nevando por allí arriba" me digo pensando en lugares montañosos y más altos que Valencia, "¡vaya, y yo que me había puesto hoy música de días de sol!". Cambio la carpeta y busco algo acorde con el tiempo, Oasis, James Blunt...

De camino a casa sueño con los lugares que amé y en los que no estuve, las playas soleadas de Brasil o de Ibiza. Recuerdo mis días en Oviedo, vetusta, húmeda y verde. Camino distraída forzando mi paso cuando el viento me empuja. Llego a casa hecha una sopa, las gotas se deslizan por mis cabellos y mi bufanda chorrea mil mares. Tiro la mochila al suelo, enciendo el ordenador. Me seco las manos, lo único que necesito para seguir soñando hasta la hora de dormir de verdad y sumirme en un estado insomne y vacío de ilusiones. las palabras brotan de nuevo de mis dedos a la pantalla del ordenador. Todo tiene sentido, la vida es maravillosa.

lunes 2 de febrero de 2009

El Todo de la Nada






Capítulo I: lluvia y luz escasa.



“I believe in karma, what you give is what you get returned..."


Sonaban una y otra vez en mi cabeza las letras de aquél estúpido estribillo. Llevaba días mirando a través del empañado cristal, con el cual me divertía sobremanera imprimiéndole mi vaho, mi aliento, tan solo para sentirme viva, como si mi alma estuviera contenida dentro del calor que expiraba de mis labios. La lluvia, por el lado contrario, creaba a su antojo divertidos caminos caídos del cielo en aquella ventana. No paraba de llover. La música de la lluvia se transformaba en crescendo con un fiero rugido que el viento traía. Mi autora me tenía deprimida mucho tiempo junto a la ventana. Llevaba muchos días mirándome a través de la tinta de su pluma, con ojos somnolientos y tristes, dando vueltas sobre lo gris de la lluvia, los días monótonos en que solo podía hablarme de nada en realidad, de lo despacio que pasaban sus días, de las ganas de que realmente sucediera algo que me hiciera reaccionar.


Pero solo párrafos y más párrafos de abatimiento, desesperando un beso, una mirada, que alguien rompiera mi ventana. Ni siquiera sabía cuánto tiempo podía haber pasado, ni me importaba, pero parecía que todo transcurriera de forma tan asfixiante... No podía soportar pasar tanto tiempo sumida en su melancolía. Ella no dejaba entrar a nadie más, ni un pájaro, ni nadie que entrara en aquella habitación que ni siquiera se molestó en describir. Ni me dejaba salir. Hasta que una noche, una gota de agua que golpeó en el cristal trajo el mensaje esperado, que provenía de algún lugar de su mente. Aquella gota dibujó en mi cristal (sí, puedo jurarlo, fue breve pero tan real como que no hay ciencia en mi mundo) la figura de un hada portadora de ideas. Despertó el entumecimiento de mi cuerpo, sentí aquél calor que solo podía provenir de mi interior. Y entonces supe lo que tenía que hacer. Ella me estaba hablando. Me decía que saliera de allí. Ella no me podía sacar de esa espectral tumba de lluvia y paredes grises, desconchadas y maltrechas. "¿Y ahora qué?" pues no lo sabía muy bien, pero debía aprender como salir de allí.


La puerta empezó a formarse en mi mente, hasta entonces sabía que había puerta, pero jamás la había mirado ni contemplado en detalle antes. La madera era oscura, como de ébano. Al principio solo sabía su color, pero después me di cuenta de la antigua que parecía, que la manilla era dorada y tenía forma de águila. Empecé a contemplar los mínimos detalles: las vetas de la madera dibujaban suaves curvas en vertical, olía a antigüedad, como cuando entras en una casa extremadamente vieja. Entonces, como si se acabaran de crear a partir del vacío, las paredes me mostraron que cerca de la puerta había una cómoda, un mueble sinuoso y lleno de curvas (ya que a ella le gustaban las cosas con curvas, aquellos debían ser los muebles que yo le ayudaba a descubrir). Dentro de uno de sus cajones, del mismo color que la puerta, pero lacados, como si un artesano oriental lo hubiera hecho hacía miles de años, encontré un libro con los cantos dorados, la cubierta de color violeta oscuro, en cuya portada ponía: "El todo de la Nada". Una horrible gárgola custodiaba su interior, impresa sobre la piel de la portada. Encima del mueble encontré un antiguo candelabro, sin dejar de preguntarme por qué todo lo encontrado allí podrían ser piezas de anticuario. La vela había estado encendida todo el tiempo. Una simple vela blanca en un extravagante candelabro de plata.


Decidí que ya había pasado demasiado tiempo descubriendo cosas en aquella habitación, y sin saber cómo, había oscurecido bastante, la ventana se encontraba más lejos de mí y apenas me llegaba luz del exterior. Seguía escuchando más fuerte el sonido de la lluvia. Sin duda tenía que salir de allí, pero ¿cómo? Me puse delante de la puerta para hacer girar la manilla. Nada sirvió. Ni tirando de la puerta ni empujándola hacia fuera. Así que me decidí a abrir el extraño libro bajo la luz de la vela. La gárgola bostezó mientras, ante mi sorpresa dijo :

- Si eres noble de corazón podrás abrir "El Todo de la Nada", ahora dime, ¿cuáles son tus verdaderas intenciones?-

-Quiero salir de aquí.- contesté con cierta duda.

-¿Por qué quieres salir?- Era algo que no me había planteado... quizás necesitaba averiguarlo, pensé unos segundos.

-Porque no soporto éste lugar, fuera no sé lo que hay, pero no tengo miedo.- Me miró detenidamente entornando los pequeños ojos. -Además. debo ayudar a alguien saliendo de aquí-.

- Muy bien, has vencido el miedo, y las dudas se han disipado, ahora puedes leer- Y el libro se abrió en mis manos.- Pero recuerda, la cautela es una útil cualidad en situaciones de peligro-.


Dentro de las páginas en blanco comenzaron a aparecer unas letras de color carbón que poco a poco pude descifrar. En la primera página "El Todo de la Nada: historia de cómo..." y nada más. En las dos siguientes páginas vi que ponía: " y de repente una escalera de mano cayó cerca de ella, tan inesperadamente que solo pudo sorprenderse"... Y allí estaba mi escalera de mano que conducía a alguna parte. No ponía nada más y el libro se cerró en mis manos. No podía ver nada desde abajo por el agujero que se encontraba al final de la escalera, pero sabía que tenía que subir por allí. Hasta alcanzar otro lugar que no conocía, pero cualquier cosa era mejor que la tristeza y la soledad.