miércoles 25 de marzo de 2009

Perlas, hojas de té, páginas en blanco...




Me siento frente al ordenador portátil. Acabo de llegar hace unos minutos a casa, cansada, ya de noche. No hace frio, especialmente. Conecto el Messenger y me mantengo en “no conectada”. Recibo mensajes insistentes que prefiero ignorar. Me cambio a “no disponible” y ahí se queda la dichosa ventanita, flotando en mi pantalla, ignorada. Me pongo a traducir unos quince minutos un hermoso texto lírico de Carol Ann Duffy. La adoro en cada verso, en cada palabra…”Sobre mi propia piel, sus perlas. Mi señora me hace llevarlas, calentarlas, hasta la noche cuando cepille su pelo. A las seis las pondré sobre su fresca blanca garganta. Todo el día pienso en ella…”. Sueño unos instantes, Veo unas cándidas perlas sobre un cuello de piel tostada y unos labios impregnados de carmín que besan las perlas y las llenan de color. Una impresión de cada huella y surco de aquellos besos sobre la piel tostada.

Miro para otro lugar, sobre mi estantería hay una pluma que reposa sobre su peana de piedra, duerme apaciblemente. Mis manos están frías por culpa del teclado. Me preparo un té solo para sostenerlo entre mis manos y calentarlas, como si fueran las perlas sobre un hermoso cuello del poema de Carol Ann Duffy. Me pierdo mientras contemplo las hojas de un carísimo pero delicioso kukicha japonés, abriéndose lentamente, danzando entre ellas sobre el salón del agua caliente de mi taza. Adoro encontrar sensualidad en cada rincón del universo y mi alma se llena con la delicadeza de las caricias del té japonés. Repentinamente se deslizan las unas entre las otras sobre el salón de vapor y agua hiviente y me entregan su sutil aroma. Y las tapo con la cerámica de mi taza especial para té, para que no se enfríen y puedan seguir acariciándose unas a otras íntimamente.

Miro mi correo electrónico y saludo a ciertas ventanas emergentes de Messenger. La verdad es que no tengo nada que hacer con internet ya, he acabado de ver las series y películas que me apetecía hace días y las personas con las que me apetece hablar prefiero tenerlas a algunas al lado, codo con codo, a otras en frente, con un café entre medio y a algunas otras sentadas sobre la hierba fresca del río, conmigo. La traducción se queda esperando una segunda revisión y… solo me queda una hoja en blanco de Word. Es lo único que me reconforta a estas alturas de la tarde-noche, llenar con el sonido del teclado y mis manos, ahora tibias, una página en blanco. Porque a veces hasta el silencio llena el silencio, y el sonido llena un papel, como el lápiz que sujeta mi pelo, en lugar de estar escribiendo.

Y supongo que Carol Ann Duffy estará en alguna parte de Manchester, ajena a todo aquello que han desatado sus perlas en mí, y pienso que quizás alguien acaricie mi cuello de la misma forma en que ella lo hace con sus versos. Decido entremezclar mis palabras con las suyas y os entono su poesía desde este desierto, cuando revise la traducción de nuevo la pondré aquí. Buenas noches y disfrutad de la vida tanto como lo hago yo.


WARMING HER PEARLS

for Judith Radstone


Next to my own skin, her pearls. My mistress
bids me wear them, warm them, until evening
when I’ll brush her hair. At six, I place them
round her cool, white throat. All day I think of her,

resting in the Yellow Room, contemplating silk
or taffeta, which gown tonight? She fans herself
whilst I work willingly, my slow heat entering
each pearl. Slack on my neck, her rope.

She’s beautiful. I dream about her
in my attic bed; picture her dancing
with tall men, puzzled by my faint, persistent scent
beneath her French perfume, her milky stones.

I dust her shoulders with a rabbit’s foot,
watch the soft blush seep through her skin
like an indolent sigh. In her looking-glass
my red lips part as though I want to speak.

Full moon. Her carriage brings her home. I see
her every movement in my head… Undressing,
taking off her jewels, her slim hand reaching
for the case, slipping naked into bed, the way

she always does… And I lie here awake,
knowing the pearls are cooling even now
in the room where my mistress sleeps. All night
I feel their absence and I burn.


Carol Ann Duffy(Selling Manhattan 1987)

lunes 23 de marzo de 2009

El misterio de Nicole Delacroix




Bueno, lo prometido es deuda, y antes de acabar la novealilla puzzle voy a hablaros de otras lecturas interesantes. Bueno, como buena ascendente en géminis que soy, no puedo comenzar un libro y no dejarlo si no me interesa mucho, por lo que tengo miles de cosas empezadas y sin acabar (una pseudo carrera de bailarina oriental, mi carrera de filología inglesa-estoy en ello-, la bici que me compré y nunca uso...), pero si hay algo que lleve hasta el final, merece la pena para mí de verdad. Hoy quería hablaros de un libro que ha escrito una persona que he tenido la suerte (porque el universo es así de especial) de conocer. Ha escrito "piedras mágicas" y así llegó a mi estantería, me cautivó su forma de tratar a las piedras como seres mágicos, la forma delicada y cariñosa de escribir sobre ellas, sin perder la agilidad y naturalidad en el texto. También tengo en mi estantería "secretos compartido" un bello libro de relatos que aún no he tenido ocasión de acabar.

Su última novela "El misterio de Nicole Delacroix" llegó tarde a mi estantería. Recuerdo estar en librería Mandala, con Mado, su autora, firmando "Piedras mágicas" y haberme hablado de él. En petit comité, por cierto. Me pregunté por qué no lo había leído antes, y supongo que cada cosa tiene su momento, así que cada libro llega a mi estantería y a mis manos en el momento preciso. En en caso de esta novela, he sido cautivada desde el principio. Con dificultades para econtrarla (pues se había agotado) por fin llegó. Bien, la historia me situó en Nueva Orleans, concretamente en Swampy Village, un lugar interesante, por su lago de las Estrellas, emisora de radio local y demás lugares en los que automáticamente te transportas por arte de magia. Allí se nos presentan Isabelle, la negra Mamá Blues (una enigmática y fascinante mujer), El gitano Romantik, y Label. Estos personajes se entremezclan con el intrigante mundo sureño y su cultura, ritos vudú y propios de brujería, curanderos y demás prácticas mágicas. Usando los ingredientes precisos: escrita con agilidad, de lectura amena y sin caer en un exceso de sencillez, palabras cuidadas,personajes interesantes y profundos, lluvia como telón de fondo, limonada casera, ritos vudú, misterio... todo ello nos proporciona una novela que nos fascinará desde la primera página hasta la última.

Así que ya sabeís, si deseaís algo que os enganche, esta es vuestra novela, si lo que quereís es viajar a una lugar tan especial como Swampy Village, por supuesto, también es la vuestra. Por mi parte solo queda decir, que la próxima vez que vea a Mado le pediré que me lo firme (junto con los demás) con mucha ilusión y le daré las gracias por ese maravilloso viaje a Nueva Orleans. Aquí seguidamente os adjunto una librería virtual donde podeís comprarlo:

http://www.elfarodelasluciernagas.com/catalog/

Sheikah said

jueves 5 de marzo de 2009

Cuentos de una exstencia.





Meri, hemos compartido el romanticismo de una taza de café, hemos leído cada una de las líneas, encontrando caras familiares y símbolos ancestrales en ellas. Hemos caminado una al lado de la otra, forjando las bases de una nueva amistad. Por todo esto te dedico el cuarto capítulo de estos relatos cotidianos, porque cuatro es el número de la estabilidad (hoy hubiera estado bien tener algo de estabilidad) y del equilibrio. Espero que te guste. A Sayara, gracias por ayudarme con el personaje del músico... casi puedes denunciarme por plagio xD. A los demás, espero que disfruteís del penúltimo capítulo de mis "cuentos de una existencia", siento si este es un poco largo, pero no puedo suprimir nada.

Capítulo 4: Correspondencia.

Vivir era un estado curioso de la existencia. Nos pasamos gran parte del tiempo haciendo miles de cosas que nos hacen parecer autómatas. Millones de acciones, desde caminar, hasta afeitarse e incluso respirar. Respirar, de forma automática, sin percatarnos de lo vital que esto es. Hacemos todas estas cosas sin darnos cuenta de que nos alejan de lo que realmente es vivir. Quizás el turno de noche estaba empezando a afectar a mi salud mental, pero lo cierto era que concebía mi vida como algo diferente a lo que fue en otro tiempo.

Aquel día me duchaba de forma automática, mientras una imagen asaltó mi mente de forma repentina: una enorme tela de araña, en la que se posaban cientos de gotas de lluvia. Cada una de ellas con su propia transparencia y luminosidad. Comencé a recordar, transportado por la imagen, el momento exacto en que mi vida cambió: si ese día no hubiera salido unas horas antes del trabajo porque me dolía la cabeza de forma insufrible, si ella no hubiese perdido el autobús anterior y yo no hubiese perseguido y aporreado la puerta de éste para que el conductor la abriese... si ella no hubiese escogido un asiento vacío al lado de la ventana... aquellos finísimos hilos con los que estaban tejidas las redes de nuestras vidas no se hubieran movido de aquella forma, nuestras gotas de agua no hubieran colisionado, fundiéndose en una sola.

Una cortina de agua caliente caía sobre mi nuca, me devolvía al momento presente, me recordaba que debía cerrar el grifo, , salir de la ducha, coger la toalla blanca del toallero y envolverme en ella si no quería congelarme. Al ponerme frente al cristal, sus dedos delicados me habían regalado un mensaje en el vaho: "hoy he recordado el día en que nos encontramos. Adoro ser tu gota de agua, aunque me escape de vez en cuando al océano. Que tengas un buen día, volveré pronto." Siempre me regalaba palabras. Era lo que mejor sabía hacer, de una u otra forma se las arreglaba para comprender cada uno de mis pensamientos, responder y darles una forma hermosa y llena de personalidad. Por eso vivía de escribir, de hacer las cosas que nacían diractamente en aquel templo que era su corazón. Con todas sus consecuencias, de hecho ella había adoptado también un turno de noche, como yo. Sus alteradas rutinas de sueño variaban hasta hacerse diurnas y de nuevo nocturnas. Pero era parte de su existencia, como en mi caso tocar la guitarra en mi grupo.

El mensaje se fue desvaneciendo poco a poco, hasta quedarse como tenues trazos y pequeñas marcas de sus dedos. Comencé a afeitarme cuidadosamente, mirando mi imagen en el espejo. Me cepillé la melena y la recogí con una de sus gomas del pelo. Cuando me subía a un escenario, cosa que no me daba de comer y por eso debía pasar mis horas en la recepción del hotel, me sentía volar, entregaba todo lo que llevaba dentro, solo por el hecho de expresarme y me olvidaba del resto del mundo, cada sensación se elevaba a la enésima potencia: el roce de mi púa sobre cada vibración de cuerda, el sonido de las baquetas a mis espaldas, la calidez de los focos sobre mi piel...en aquellos momentos salía algo de mí mismo que no podía entregar al mundo de otra manera, sino con la música. Comprendí muy bien cómo se sentía ella escribiendo.

Aún faltaban unas horas hasta que entrara a trabajar, como cada condenado día. En aquellos momentos me hubiera encantado tener la valentía y suerte, porque algunos nacen con una estrella que les guía en sus pasos, como para dedicarme solo a la música. Tenía algo de hambre. Me dirigí a la nevera para preparar un sandwich y me encontré un post it en el que se leía: "La vida es cuestión de echarle huevos y hacer lo que uno quiere. Somos dueños de nuestros destinos." Volvió a regalarme las palabras que sabía que tanto necesitaba. Siempre jugaba a este juego, el de la empatía. Me preguntaba cómo lo haría. Y después de prepararme un café largo y disfrutar de él, me planteé participar por primera vez. ¿Cómo lo haría? conocerme bien ayudaba mucho. Yo también la conocía bien. Quizás mucho antes de encontrarla por primera vez.

Me paré a pensar unos instantes. No era fácil adivinar qué haría, con ella nunca era fácil. Pero lo intenté: seguramente habría ido a algún lugar perdido en medio de la naturaleza en busca de inspiración. Puede que a la playa a la que nos escapamos el día en que nuestras gotas de agua se fundieron en una. El día en el que más intensamente había soñado con ella, sintiendo en cada poro de mi piel su esencia, una experiencia solo comparable a estar encima de un escenario. O puede que se hubiera marchado al jardín botánico. También podía imaginármela cogiendo el tren a cualquier pueblo de montaña. Fuera como fuera, eso era lo que había hecho. Después había soñado despierta en medio de aquel paraje, se había llenado de él, como quien contempla una obra de arte, había garabateado el comienzo de cualquier cosa en su cuaderno de cuaro italiano durante un par de horas. Cuando daba la tarea por finalizada volvía a casa, puede que obsevando el movimiento de las manos de alguien en el tren, o escuchando la conversación de otros dos viajeros o mirando simplemente el paisaje. Pero sin duda eso era. Nunca compartía conmigo aquel proceso creativo, pero a veces me miraba con la vista perdida en algún lugar. Y yo sabía que este lugar era alguno de aquellos.

Depués me planteé sus pasos, al volver a casa. Puede que vinivera a la nevera, pero seguramente se sentaría en la mesa de la cocina, calentándose con los rayos del sol que entraban durante horas por la ventana. Se prepararía un té y revisaría sus notas. Después se sentaría delante del ordenador de su escritorio, abriría el word. Puede que a mitad de proceso se levantara a por unas galletas. Volvería, teclearía como una posesa durante cierto tiempo, nunca sabía cuanto. Ente medias llamaría a su editora y le diría algo como: "por fin tengo algo más, acabaré pronto, lo prometo" y seguiría con su proceso cretivo. Después de muchas horas puede que se acostara e intentara dormir, esperando a que yo llegara a su lado. Puede que se perdiera de nuevo en nuestra playa, en medio de un amanecer encantado, respirando plácidamente. Y justo en el momento álgido, cuando sus mejillas parecían manzanas redondas y rojas, yo la despertaría con un beso.

Así que dejé una nota en la mesa de la cocina, en la que ponía "me alegro que hayas vuelto, espero que hayas encontrado lo que buscabas en aquel lugar maravilloso del que vienes." En el bote metálico del té escribí en un post it : "Seguro que en tu cuaderno encuentras lo que buscabas, seguro que has visto nacer el cielo y el amanecer de tus nuevos capítulos en él". La útima nota no la dejaría en el ordenador, era predecible. En cambio decidí dejarla en un lugar que solo yo conocía, y era pegada a la última galleta del bote de sus galletas favoritas. Siempre cogía la que estaba más al fondo. Esto era algo que solo las almas gemelas conocían, no porque ella me lo hubiese contado, sino porque me encantaba observar su existencia más cotidiana. Y allí escribí, con una de sus plumas de todas aquellas que coleccionaba: "Como has podido observar, estoy jugando contigo a la empatía. Me encanta saber que has cogido esta galleta, porque nunca te he contado la forma en la que te miro. Ahora lo sabes. Y por una vez en tu vida, creo que te he dejado sin palabras. ¡Ah! y ahora debería añadir: Todo tiene sentido. La vida es maravillosa". Y en realidad lo era.