domingo 14 de febrero de 2010

Sueño con ella


Para una rosa blanca, para todas las rosas que hay en mi jardín, las rojas, las rosas, las amarillas...todas. O quiero.



Sueño con ella, a la luz de la luna. Sus pies van descalzos sobre el rocío de las amapolas, como si toda la vida del universo estuviera contenida bajo la piel de sus plantas. Las amapolas juegan a imitar el color de su cabello y desde un lugar muy lejano, a la altura del bosque más frondoso, sus ojos se posan en mí. Va tan desnuda como un cielo sin nubes, donde las estrellas sonríen a los pobres mortales que osan soñar con su ellas. Sí, sueño con ella, con la luna, con las estrellas, juego con sus rizos color amapola entre mis dedos y me atrevo a acariciar su cuello de cisne. Carol Ann Duffy puso unas perlas una vez también ahí, en mi cisne. Pero no es un cisne.

-Soy yo, de nuevo junto a ti-me recuerda en un susurro.

La abrazo, despacio. Pues en los sueños no hay prisa, ni miedo. No se irá de mi lado. Sus labios conocen el camino a los míos y su piel es la misma, tan suave, clara como la luna, conocida. La luna. Esa sí que nos mira, desde lo alto de su reino de oscuridad. Pero nadie más.

Caemos en medio del abrazo, pero no nos rompemos, las amapolas amortiguan la caída. Nunca caer fue tan agradable. Las flores se mueven con el impacto, pero nos rozan mientras nos encontramos con ellas. La miro largamente, su cara es la misma, su cuerpo no ha sufrido partos, sus manos no han trabajado, sus ojos nunca lloraron.

-¿Cómo sé que eres tú?-pregunto e buscando apagar las dudas
-Huelo como siempre-explica ella. Yo me acerco al lóbulo de su oreja y aspiro su aroma y recuerdo. Recuerdo el perfume que le regalé, el incienso que usábamos en casa, su té favorito, el de flor de cerezo.
-Puedo olerte, estás aquí-sonrío ante la feliz noticia.

Y al recordar, recuerdo. Recuerdo que sus ojos eran bosques y sus rizos amapolas. Y recuerdo que también era un cerezo. Y al recordar sus manos en mis caderas, empiezan a brotar flores de cerezo de su pelo, para que yo no olvide. Me besa despacio, beso su cuello. Dos colinas se alzan sobre una blanca piel de luna, bajo su cuello. Las beso. La amo.

-Te amo-me recuerda.
-Te amo-la beso, la amo.

Recorro un par de curvas hasta su vientre. Beso su ombligo y vuelvo a respirar en su piel. Toda ella es un templo lleno de estrellas, más que el cielo sobre nosotras. Alzo la mirada y la miro acostada sobre nuestro lecho de flores. Sonriente, busca mis ojos.

-Le dije a Caronte: llévame al infierno. Y aquí estamos-le explico.
-Adoro el infierno
-Yo creo que nos han engañado. El infierno no existe. Tampoco el cielo. Solo tú, yo y la eternidad
-Pues entonces adoro la eternidad

Una fina capa de agua empieza a brotar del suelo, comienza a encharcar nuestra cama de amapolas.

-Será que la luna quiere un espejo-musita debajo de mí.

El agua cubre la mitad de su cuerpo tumbado, al llegar a su pelo, las flores de cerezo comienzan a flotar. su cara se hunde a medida que el agua sube y yo voy quedando sumergida también. Una sensación de ahogo comienza a apremiar. Mi cuerpo también va quedando sepultado por este improvisado lago. Mi cabello castaño también flota, pero la miro transformada en sirena, hermosa y misteriosa, respirando burbujas. Y entonces sucede el milagro de la vida: ya no necesito respirar, soy una sirena también.

-¿Ves? hasta hemos burlado a la muerte-sugiere ella con voz de coral.
-Pero si esto era la eternidad-comento extrañada.
-Pues aquí, en nuestra eternidad, también hay agua.

Y como en el agua todo es suave, regresamos al agua de la que todos venimos. Nos fundimos en ella en un abrazo de sirenas, respiramos burbujas y hablamos con corales. Desde allí ya decidiríamos adonde queríamos ir después.

-Yo seré una rosa blanca-pidió ella.

El despertador suena de nuevo, con la promesa de un nuevo día. Ahora recuerdo por qué no me gusta dormir, regresar a la luz del día puede acabar con los sueños.

martes 2 de febrero de 2010

Firea e Imbolc




Deseo contar algo que se desenfoca, que se entremezcla entre la realidad y la ficción, que es el reflejo de mis sueños. Como un cristal vacío, con las imágenes de nuestras almas, vamos llenando espacios que emanan de nuestra esencia. Porque ni yo entiendo a veces las palabras, solo el cielo, las montañas que se funden en él, mientras dos pequeñas gotas de rocío contemplan aquello que ha sido puesto a su alrededor. Y a un nivel más mundano, gracias por ser mi editora improvisada, qué paliza la de buscar palabras repetidas y revisar mi Vereda. Y para acabar te robo las palabras: ¡gracias por ser y estar! ¡Feliz Imbolc, hermana!


Firea e Imbolc

El sendero rodeaba la montaña en espiral, de abajo a arriba, dando vueltas en aquella forma perfecta que debía ser la de la creación. Firea puso cara de chiste cuando me vio aparecer con botines de tacón y vaqueros, y con razón, solo a mí se me ocurría ponerme botas para ir al monte.

-Sheila ¿no crees que vas a estar incómoda?-preguntó Firea con ciertas dudas mientras bajábamos del coche.
-No, no importa, de verdad.

Tocamos las flores de lavanda a los pies del cementerio, sus fragancia nos acompañó mientras ascendíamos por la vereda en espiral. El sedero no era complicado, todo lo contrario, era un recorrido agradable, que de vez en cuando presentaba alguna roca puntiaguda ("por la Diosa, que mis botines sobrevivan, no me gustaría clavarme esto en los pies" pensé en alguna ocasión). El día nos regalaba un espléndido Sol, que para las fechas, dos de febrero, era demasiado pedir. El viento era amable y apenas teníamos que llevar chaqueta.

-Esto de aquí es brezo, el arbusto ese lleno de flores pequeñitas-señaló Firea

Firea explicó tranquilamente sus conocimientos sobre hierbas, que eran amplios, tanto a nivel mágico como medicinal. Siempre tenía esa sensación cuando ella hablaba, sus palabras venían desde un hondo pozo de sabiduría. No era el tipo de conocimientos que podías hallar en un libro, sino aquel que se había asimilado en esencia, comprendido desde el fondo del corazón. Cuando Firea hablaba del bosque, de la montaña, de los seres de la Tierra, una extraña energía la embargaba, su voz provenía directamente de las plantas y los árboles: ella era el bosque. Incluso cuando estaba mirándote a los ojos, presente y consciente, parecía fundirse con cada brizna de hierba bajo sus pies. A veces asustaba la idea de que pudiera escaparse y convertirse en árbol igual que desaparece una ninfa del bosque si haces un sonido brusco.

A cada lado del camino, piedras y plantas nos saludaban en silencio al pasar: ruda, globularia, brezo... el viento, cuyo único instrumento eran las agujas de los pinos, emitía un dulce canto. Firea abría paso durante la caminata de tres cuartos de hora de subida, mientras yo contemplaba como la naturaleza se agitaba bajo su superficie de quietud, había llegado el momento de regresar a la vida, desperezarse y quitarse el entumecimiento invernal. Y eso lo sabía muy bien cada piedra, cada planta: ruda, globularia, brezo...

El caminó acabó en lo alto del puntal dels llops, una atalaya íbera de la que apenas quedaban unas sólidas estructuras de la planta de la construcción. En lo alto de aquellas rocas se podía ver el resto de los pueblos que nos rodeaban, las montañas más altas y aquellas que quedaban por debajo. Una blanca ermita bendecía la montaña que quedaba a nuestra izquierda.

-Un fuego ilegal-comentó Firea cuando vio una humareda allá abajo, en un campo-.Si Núriel lo viera...

Pero nuestra amiga y compañera, la guardia forestal, no estaba allí hoy. Dejamos las mochilas sobre las piedras de la estructura central del fortín, a la que se accedía por unas escaleras metálicas. Desde ahí arriba se veía la planta de varias habitaciones que debieron pertenecer a los que custodiaban la atalaya. Nos sentamos sobre las rocas y sacamos la comida, el paseo nos había abierto el apetito. Charlamos de temas banales durante un tiempo mientras comíamos, de nuestros conocidos, de situaciones divertidas en cada resquicio de nuestras vidas.

El Sol nos regaló su calor y después de comer miramos más allá. Miramos allá donde los ojos no pueden mirar, al fondo más lejano de cada cumbre.

-Me encanta mirar el horizonte y no ver nada, ni antenas, ni fincas-dijo Firea mientras respiraba aquel aire puro-.Solo el horizonte

-A mí encanta mirar el lugar donde se funde el horizonte con el contorno de las montañas. Cuando los montes son azules y se difuminan en el cielo.

-Sí, a mí también me encanta eso, Sheila-Sonrió Firea

Nos tumbamos sobre aquellas rocas que de haber hablado habrían contado más de mil historias. El puntal dels llops era aquel remanso de paz en el que nada que haya sucedido hasta el momento, ni nada que pueda suceder después tiene importancia. Cerramos los ojos y respiramos. Al rato, Firea se incorporó.

-Es como estar suspendida en el tiempo y en todos los lugares que han existido-afirmó Firea.

Nos contemplamos en silencio. Podrán pasar los años, las nieves podrían cubrir nuestras cumbres, se nos podrían arrugar las pieles como a las pasas. O incluso nuestros caminos podrían serpentear y separarse en algunos momentos, pero aquel instante era tan eterno como el horizonte que se funde con todo lo que existe. No pude dejar de decir:

-Feliz Imbolc, hermana


PD a los lectores: que a veces la realidad supera la ficción, no podía ser de otra manera. Si los personajes son fictícios o no es algo que cada lector debe descubrir. Y aquí está la pista: si después de leer este fragmento nos hemos llevado un poquito del personaje en el corazón ,es que el personaje es real y vive en cada uno de nosotros.