
Para una rosa blanca, para todas las rosas que hay en mi jardín, las rojas, las rosas, las amarillas...todas. O quiero.
Sueño con ella, a la luz de la luna. Sus pies van descalzos sobre el rocío de las amapolas, como si toda la vida del universo estuviera contenida bajo la piel de sus plantas. Las amapolas juegan a imitar el color de su cabello y desde un lugar muy lejano, a la altura del bosque más frondoso, sus ojos se posan en mí. Va tan desnuda como un cielo sin nubes, donde las estrellas sonríen a los pobres mortales que osan soñar con su ellas. Sí, sueño con ella, con la luna, con las estrellas, juego con sus rizos color amapola entre mis dedos y me atrevo a acariciar su cuello de cisne. Carol Ann Duffy puso unas perlas una vez también ahí, en mi cisne. Pero no es un cisne.
-Soy yo, de nuevo junto a ti-me recuerda en un susurro.
La abrazo, despacio. Pues en los sueños no hay prisa, ni miedo. No se irá de mi lado. Sus labios conocen el camino a los míos y su piel es la misma, tan suave, clara como la luna, conocida. La luna. Esa sí que nos mira, desde lo alto de su reino de oscuridad. Pero nadie más.
Caemos en medio del abrazo, pero no nos rompemos, las amapolas amortiguan la caída. Nunca caer fue tan agradable. Las flores se mueven con el impacto, pero nos rozan mientras nos encontramos con ellas. La miro largamente, su cara es la misma, su cuerpo no ha sufrido partos, sus manos no han trabajado, sus ojos nunca lloraron.
-¿Cómo sé que eres tú?-pregunto e buscando apagar las dudas
-Huelo como siempre-explica ella. Yo me acerco al lóbulo de su oreja y aspiro su aroma y recuerdo. Recuerdo el perfume que le regalé, el incienso que usábamos en casa, su té favorito, el de flor de cerezo.
-Puedo olerte, estás aquí-sonrío ante la feliz noticia.
Y al recordar, recuerdo. Recuerdo que sus ojos eran bosques y sus rizos amapolas. Y recuerdo que también era un cerezo. Y al recordar sus manos en mis caderas, empiezan a brotar flores de cerezo de su pelo, para que yo no olvide. Me besa despacio, beso su cuello. Dos colinas se alzan sobre una blanca piel de luna, bajo su cuello. Las beso. La amo.
-Te amo-me recuerda.
-Te amo-la beso, la amo.
Recorro un par de curvas hasta su vientre. Beso su ombligo y vuelvo a respirar en su piel. Toda ella es un templo lleno de estrellas, más que el cielo sobre nosotras. Alzo la mirada y la miro acostada sobre nuestro lecho de flores. Sonriente, busca mis ojos.
-Le dije a Caronte: llévame al infierno. Y aquí estamos-le explico.
-Adoro el infierno
-Yo creo que nos han engañado. El infierno no existe. Tampoco el cielo. Solo tú, yo y la eternidad
-Pues entonces adoro la eternidad
Una fina capa de agua empieza a brotar del suelo, comienza a encharcar nuestra cama de amapolas.
-Será que la luna quiere un espejo-musita debajo de mí.
El agua cubre la mitad de su cuerpo tumbado, al llegar a su pelo, las flores de cerezo comienzan a flotar. su cara se hunde a medida que el agua sube y yo voy quedando sumergida también. Una sensación de ahogo comienza a apremiar. Mi cuerpo también va quedando sepultado por este improvisado lago. Mi cabello castaño también flota, pero la miro transformada en sirena, hermosa y misteriosa, respirando burbujas. Y entonces sucede el milagro de la vida: ya no necesito respirar, soy una sirena también.
-¿Ves? hasta hemos burlado a la muerte-sugiere ella con voz de coral.
-Pero si esto era la eternidad-comento extrañada.
-Pues aquí, en nuestra eternidad, también hay agua.
Y como en el agua todo es suave, regresamos al agua de la que todos venimos. Nos fundimos en ella en un abrazo de sirenas, respiramos burbujas y hablamos con corales. Desde allí ya decidiríamos adonde queríamos ir después.
-Yo seré una rosa blanca-pidió ella.
El despertador suena de nuevo, con la promesa de un nuevo día. Ahora recuerdo por qué no me gusta dormir, regresar a la luz del día puede acabar con los sueños.
Sueño con ella, a la luz de la luna. Sus pies van descalzos sobre el rocío de las amapolas, como si toda la vida del universo estuviera contenida bajo la piel de sus plantas. Las amapolas juegan a imitar el color de su cabello y desde un lugar muy lejano, a la altura del bosque más frondoso, sus ojos se posan en mí. Va tan desnuda como un cielo sin nubes, donde las estrellas sonríen a los pobres mortales que osan soñar con su ellas. Sí, sueño con ella, con la luna, con las estrellas, juego con sus rizos color amapola entre mis dedos y me atrevo a acariciar su cuello de cisne. Carol Ann Duffy puso unas perlas una vez también ahí, en mi cisne. Pero no es un cisne.
-Soy yo, de nuevo junto a ti-me recuerda en un susurro.
La abrazo, despacio. Pues en los sueños no hay prisa, ni miedo. No se irá de mi lado. Sus labios conocen el camino a los míos y su piel es la misma, tan suave, clara como la luna, conocida. La luna. Esa sí que nos mira, desde lo alto de su reino de oscuridad. Pero nadie más.
Caemos en medio del abrazo, pero no nos rompemos, las amapolas amortiguan la caída. Nunca caer fue tan agradable. Las flores se mueven con el impacto, pero nos rozan mientras nos encontramos con ellas. La miro largamente, su cara es la misma, su cuerpo no ha sufrido partos, sus manos no han trabajado, sus ojos nunca lloraron.
-¿Cómo sé que eres tú?-pregunto e buscando apagar las dudas
-Huelo como siempre-explica ella. Yo me acerco al lóbulo de su oreja y aspiro su aroma y recuerdo. Recuerdo el perfume que le regalé, el incienso que usábamos en casa, su té favorito, el de flor de cerezo.
-Puedo olerte, estás aquí-sonrío ante la feliz noticia.
Y al recordar, recuerdo. Recuerdo que sus ojos eran bosques y sus rizos amapolas. Y recuerdo que también era un cerezo. Y al recordar sus manos en mis caderas, empiezan a brotar flores de cerezo de su pelo, para que yo no olvide. Me besa despacio, beso su cuello. Dos colinas se alzan sobre una blanca piel de luna, bajo su cuello. Las beso. La amo.
-Te amo-me recuerda.
-Te amo-la beso, la amo.
Recorro un par de curvas hasta su vientre. Beso su ombligo y vuelvo a respirar en su piel. Toda ella es un templo lleno de estrellas, más que el cielo sobre nosotras. Alzo la mirada y la miro acostada sobre nuestro lecho de flores. Sonriente, busca mis ojos.
-Le dije a Caronte: llévame al infierno. Y aquí estamos-le explico.
-Adoro el infierno
-Yo creo que nos han engañado. El infierno no existe. Tampoco el cielo. Solo tú, yo y la eternidad
-Pues entonces adoro la eternidad
Una fina capa de agua empieza a brotar del suelo, comienza a encharcar nuestra cama de amapolas.
-Será que la luna quiere un espejo-musita debajo de mí.
El agua cubre la mitad de su cuerpo tumbado, al llegar a su pelo, las flores de cerezo comienzan a flotar. su cara se hunde a medida que el agua sube y yo voy quedando sumergida también. Una sensación de ahogo comienza a apremiar. Mi cuerpo también va quedando sepultado por este improvisado lago. Mi cabello castaño también flota, pero la miro transformada en sirena, hermosa y misteriosa, respirando burbujas. Y entonces sucede el milagro de la vida: ya no necesito respirar, soy una sirena también.
-¿Ves? hasta hemos burlado a la muerte-sugiere ella con voz de coral.
-Pero si esto era la eternidad-comento extrañada.
-Pues aquí, en nuestra eternidad, también hay agua.
Y como en el agua todo es suave, regresamos al agua de la que todos venimos. Nos fundimos en ella en un abrazo de sirenas, respiramos burbujas y hablamos con corales. Desde allí ya decidiríamos adonde queríamos ir después.
-Yo seré una rosa blanca-pidió ella.
El despertador suena de nuevo, con la promesa de un nuevo día. Ahora recuerdo por qué no me gusta dormir, regresar a la luz del día puede acabar con los sueños.
