miércoles 31 de marzo de 2010

Rendiciones cotidianas

Hoy tengo ganas de dejarme caer, al vacío, a las sombras... no ha sido un día especialmente complicado, pero las circunstancias de mi vida no son las mejores. Cierto, no me puedo quejar. También cierto, tengo el regalo más hermoso del mundo: tú. Pero hay momentos en los que deseas que todo sea fácil, sereno, en paz. Si hay algo que he aprendido en mis veintitrés años de existencia es eso mismo, a vivir en paz. En un estado catatónico en el que simplemente ya no me duele ni siquiera la otra mejilla, los golpes me la resbalan y me encierro en una cárcel de piedra. Y ahí hay paz, lo juro. Ahí no puedes ni enfadarte con la vida, ni con la gente que te agrede, ni con las circunstancias...

El problema es que me has tocado, me has hecho volver a la vida. ¿Y qué más da si de vez en cuando me pongo a sufrir por las esquinas? ¿Y qué le vamos a hacer si vivo en un pequeño melodrama? Si pierdo parte de mí, si recupero amaneceres nuevos. Y si...de acuerdo, ya no soy paz, ya no soy frío, soy de nuevo quien siempre he debido ser. Pero a veces te juro, que me encantaría ser la cobarde que se deja caer, que deja que la vida pase por delante de sus ojos en un desfile máscaras de alegres colores. Nunca pensé que mereciera la felicidad, pero por suerte, los dioses me la regalan en su estado más contradictorio.

Sí, es cierto, a veces deseo caer y rendirme, en el peor de los sentidos. Dejarme pisar por quien sea, mirar desde abajo y maldecir cada resquicio de soledad. Pero hoy estabas derrotada y decidí ser fuerte para tí. Ni recordaba por qué el mundo seguía girando si tú estabas en la cama tirada. Si me fuera posible odiar, odiaría cada segundo de infelicidad de tu tiempo. Así que hoy he querido ser la mano firme que te sostenga para levantarte cuando estés en el suelo. Quiero ser el abrazo que te recoja cuando desesperes y te rindas. Por eso, hoy no me rindo. Y mañana ya veremos lo fuerte que te cojo de la mano.

martes 30 de marzo de 2010

Compañera

¿Ves? me quitas el sueño...
¿Oyes? me das la inmensidad de la vida
Con tu risa, con tu puedo y el anhelo
De mis quieros.

He jugado a ser la Luna
Que busca el brillo del Sol.
Pobre tonta, compañera, solo una
Sabe ser el verbo amor.

Loca suicida, he sido
Aquello que persigue sombras
Buscando fuera el camino
Vagando y siguiendo las normas.

Pero, ¿ves? tú sientes mis palabras
En las encrucijadas de las miradas
Que nos dimos en cada respiro
Esos que nunca consigo.

Que si hablar de tu piel, que si de tus besos
Ay, compañera, no haré nada de eso
Solo permaneceré en ese estado
En esa rendición que has creado.

Para tí mi ser entero.

viernes 12 de marzo de 2010

A través del espejo





Hoy me hundía en la miseria de la blanca silueta errante de Lorely. Le robe el nombre a una musa y ésta me abatió en la tristeza de tal manera que dejó entrar toda el agua de la Madre Tierra por mi ventana. Y ésta me traía reflejos de soledad, formas cambiantes que brotaban del fondo de mi ser más oscuro. Confusión.

La señora de la noche también me puso frente a mis sombras, frente a mis rincones de desesperanza, de victimismo, de sentimientos derrotistas. Y miré el espejo que brillaba ante el fulgor de mis ojos en la noche, serena, tibia. Me dijo que la oscuridad no es sin la luz, que aunque no vea más allá de la tumba de desolación que me rodea, podré recibir fugazmente mi brillo reflejado en otros, fuera de mí.

Estuve muchas noches fuera del tiempo, encerrada en mi cárcel de piedra, voluntariamente construida por mí misma. Mis manos sangraban al cerrar las puertas, pero ahí dentro todo es vacío, frialdad, protección y aislamiento. Desde ahí a veces se me olvidaba lo que era amar, la risa. Contemplaba a los pobres mortales desde fuera, sollozaba porque sabía que era uno de ellos, transformada en aquello que no es. Y en ese mismo estado de anulación, comprendí que eso también es el ser. Que ahí también está contenido el amor, la rabia, la cólera, todas las sensaciones encontradas, suspendidas en algún momento, de nuevo, fuera del tiempo, en mi lugar que no es. Pero donde todo puede ser.

Finalmente, Ella se me apareció. Unas manos cálidas atravesaron las sólidas paredes de roca. Nadie antes había llegado ahí. Me traía miel, la dulzura de la vida, el rocío de la primavera. Pero también me advirtió que las piedras del camino son punzantes, y pueden llegar a herirnos, a hacer sangrar nuestros pies descalzos. Pero no me importaba, aquello era tan grande que no entendía la palabra sufrimiento. Palabras, ¿quiénes sois? vagabundas en mi vida. Agua de la que me alimento cada mañana. Palabras, ¿dónde me lleváis? a un lugar más grande que las mismas palabras, al lugar de donde nacemos todas nosotras. Palabras, palabras: fluyendo de sus labios, nacidas en su pecho desnudo.

Le di la mano en un acto de fe, en medio de mi absoluta ceguera, rogando que el tacto de su piel fuera real. Si ha nacido, será porque es humana, en alguna parte de su ser. Pero con ella traía a la Diosa. Así que me pregunté si había venido al mundo igual que yo. Y entonces comprendí lo sagrado y lo profano y me fui con ella caminar por en medio de las brumas y las sombras. Si aprendíamos a brillar, todo lo demás no importaba.

miércoles 3 de marzo de 2010

Plenitud




Agotadas, sin apenas haber dormido, ni comido, caminado toda la noche, las caminantes llegaron a la puerta del templo. Eran tan blanco y puro que asustaba. Se alzaba sobre la inmensidad de la noche, casi queriendo competir con las estrellas. Entre el cielo y el mar se alzó la puerta. No tenía todavía columnas. Así que las caminantes, exhaustas, con los pies sangrantes, se miraron a los ojos y acto seguido a la inmensidad del interior del templo.

Se habían conocido en mitad del camino, entre encrucijadas. En realidad se habían buscado sin saberlo. Y al verse lloraron y rieron, pues el camino es tan solitario como un lobo sin manada. La más joven llevaba piedras en el corazón. Pesaban, le hacían recordar el dolor del pasado, pero aquellas piedras eran tan importantes que ya no eran dolor, sino luz. La más sabia le dio la mano, casi sin que la otra se enterara, porque en realidad era una mano tan conocida. Su piel podría haber cambiado, su pelo, su rostro, pero sus ojos estaban tan llenos de fe, que la más pequeña no tuvo dudas. Sin palabras, con el mayor entendimiento que pueda expresarse con palabras, miraron las puertas que se abrían hacia la oscuridad más profunda. La pequeña tembló de miedo, miró al mar por última vez y lloró con cierta nostalgia. La caminante más sabia la abrazó y ya nunca más pensó en el camino que dejaba atrás. Una voz habló desde la profundidad es, una voz infinita, inmensa, dulce y amarga, clara y negra habló: "es hora de entrar en el templo, es hora de asumir el poder".

Las caminantes, que ya eran hermanas, entraron despacio, habían dejado todo aquello que no necesitaban, ropas, dolores, adornos. No había que luchar ya por nada, habían llegado.

-Aquí te entrego, delante de la Señora que nos ha traído hasta aquí, todas las piedras de mi corazón.
La otra las aceptó y entonces algo extraordinario sucedió. Las piedras, que llevaban tanto tiempo guardadas, al fundirse con la luz de las velas, iluminaron la estancia. Se miraron a la cara y vieron todos los rostros que habían sido, todos los que serían. El amor sagrado inundó todos los rincones de piedra del espacio de la Diosa, transformando todo lo que tocaba. Las caminantes se abrazaron para transformarse también. Y su cuerpo pasó a ser de piedra, para poder formar dos columnas que sostuvieran el templo. Vendrían más hermanas, más columnas para sostener los cimientos. Y ellas esperarían de pie con serenidad. Juntas.