lunes 31 de mayo de 2010

Dejarse caer desde un precipicio tal alto como un décimo piso

Sedienta y seca por dentro, de tanto ponerme al límite del sufrimiento. Renunciando a buscarme a mí misma y permitíendome vencer por la oscuridad una y mil veces más esta tarde. Sabiendo que no hay vela lo suficientemente potente para que me muestre un resquicio de las paredes, llenas de telarañas y polvo, por cierto, por no cuidar mucho de ellas, de esa habitación en la que me debería haber rendido.

Sí, barroca y compleja, con mis lados angulares y mis espadas en guardia. Pero el guerrero también debe aprender a reconocer a sus verdaderos adversarios y dejarse de gilipolleces. De mierda y autodestrucción, de ponerse firme y erguido, sabiéndose un ser valeroso y dispuesto a salir media batalla consigo mismo y después con el mundo. Luchar, algo tan olvidado y conocido como el respirar, como las palabras a las que tanto amo, otro más de mis actos divinos frente al espejo.

Siendo orgullosa y arrogante, pero capaz de llenar la maleta de tres cosas y poner los pies en mi camino, me adentro y sigo caminando hasta con la última gota de valentía, esa que sé que jamás se agota. Aún con pocas fuerzas, sé que voy a dejar de medirme con la vara de los humanos, sé que algún día dejaré de medirlo todo y meterlo en los cajones de estas cosas que me han contado que soy. Algún día, quizás en estos momentos.

martes 18 de mayo de 2010

Una Olivetti


Como siempre, preciosa, tú has inspirado esto. Para ti es la música. Para mí son las palabras. Espero que sigamos compartiendo esto.



Los dedos nerviosos de mi anciano abuelo recorrían una vieja Olivetti. Recuerdo colarme despacito, sin hacer ruido y a hurtadillas por el pasillo de casa de mi abuela. Me asomaba tímidamente por la habitación chiquitita, un cuarto en el que mi abuelo dormía, pues le habían retirado a la cama pequeña. No por enfermedad ni por soledad repentina, sino por desgaste de matrimonio. Aquella cama que más tarde sería la mía. Recuerdo ciertas mañanas, en las que mi abuelo apretaba con fuerza las teclas, parecía casi que eran pequeños tamborileos, llenos de vida. La música más celestial, la del tabulador sonando en mis oídos, llenando el silencio que reinaba en la habitación: pues mi abuelo estaba escribiendo. Casi era una bendición saber que cambiaba de renglón, con aquel sonido característico de aquellas piezas que mi abuelo se molestaba en nombrarme. Saber que aquellas precisas teclas se enganchaban entre sí, se amaban tanto, aquellas letras, que no podían dejar de estar separadas. Pero mi paciente abuelo, con sus manos de rojo y republicano, de trabajador y soñador, las separaba y las obligaba a cumplir con su rutina diaria. Siempre igual: paciente y calmado, alegre y feliz delante de aquellas representaciones divinas que componen la palabra.

Una carta a algún familiar, una postal, quizás alguna pequeña poesía. Más bien nada y todo, por el hecho de pasar sus horas diarias delante de aquellas joya de color negro y metal que yo me moría por tocar. Y ahí, asomada detrás de la puerta blanca de cristal de la habitación azul, supe que aquello debía ser como tocar el cielo. No escribía grandes cosas, o quizás yo nunca las leí. Ni tan siquiera recuerdo la edad que tenía cuando decidí cruzar el umbral de la puerta y mirarle con curiosidad y devoción al mismo tiempo, quizás con las dos cosas entremezcladas y confundidas, unidas en un baile infinito que se posaba en mi mirada de niña. Quizás, al poco de nacer, cuando mi madre me llevó de bebé aquella habitación, ya escuchaba a mi abuelo escribir. Puede que ya escuchara las letras salir de lo más hondo del corazón palpitante de cualquier escritor del mundo, en mis sueños. Pero el caso es que mi pobre abuelo un día, cansado de verme rondar por allí llena de aquella emoción entre curiosidad y devoción, con su habitual sonrisa, me sentó sobre sus piernas mientras mientras seguía con su correspondencia diaria. Aquella habitación azul, luminosa y con balcón a una preciosa calle de un barrio céntrico de Valencia, se volvió uno de mis santuarios en aquella casa. El escritorio, grabado en mi memoria como si hubiera secuestrado un pedazo de realidad y lo hubiera inmortalizado en una fotografía, se convirtio en un altar. Un altar lleno de sellos y sobres, gomas y lápices, bolígrafos y papeles en blanco, siempre papeles en blanco.

Me explicaba el nombre de los señores de los sellos. Pues era otra de sus aficiones, coleccionar sellos que nunca enviaría, solo por el hecho de tenerlos todos en un álbum y mirarlos delante de la máquina. Habían fotografías que enviaba a vete tú a saber quien, primos o demás familiares que, ajenos a la creación de aquella magia, aquel milagro, recibirían en alguna parte del mundo. Pero yo fui especial, yo contemplé el sueño en primera persona. Vi cómo al mover sus dedos, y deslizar sus manos, cansadas y republicanas, familiares y cariñosas, aparecían letras, y luego palabras, en un papel que abrazaba una de las piezas de la máquina. Y las letras golpeaban en el punto exacto del papel, daban el golpe seco, como si de un parto se tratara, y allí yo veía como poco a poco, de esos pequeños nacimientos de vocales y consonantes, nacían palabras, y luego versos, y luego poemas. Y después: el mundo entero, aquel que nos enseñan los dioses.

En algún lugar de aquella casa, en la que tantos disgustos viví, encontré un poema. Estaba en uno de esos papeles que mi abuelo hacía abrazar a una de las piezas de su máquina, Estaba dobladito en dos partes, desgastado por el tiempo. Las esquinas no estaban en plena salud, pero me aventuré a leerlo. Por aquella época tenía como diez años. La verdad es que me sentía como un cazador furtivo en plena noche leyendo aquel trozo de papel, pues había aprendido a no leer los papeles de los demás sin permiso. Con gran sorpresa leí "dedicatoria a la nena". ¿Y esa era yo? ¿Cómo podía ser que mi abuelo, que ya no estaba, había escrito algo para mí? Me dio un vuelco el corazón cuando al siguiente renglón me encontré: "Para la niña Raquel Giménez Martínez". Sí, no había duda, aquello era para mí. Ponía mi nombre. No recuerdo ahora mismo los versos, solo sé que ponía algo de un ángel nacido en Valencia. Una lágrima resbaló por mi mejilla. Guardé las palabras en mi corazón, doblé aquel papelito que estaba tan viejecito y desgastado, casi tanto como mi abuelo lo hubiera estado si estuviera, y lo puse en una fundita de plástico que había cerca. No solo me enseño el camino hacia los dioses, sino que me regaló parte de su magia en un poema. No era sofisticado, ni usaba palabras de grandes poetas. Pero era mío y de mi abuelo, y era lo más sagrado que nunca nadie me daría.

Y hoy, día a día, recordando las cosas importantes de mi vida, aquellas por las que luchar y seguir adelante, me he dado cuenta de lo mucho que ha significado para mí esta pequeña bendición de la que he continuado bebiendo. Gota a gota, poco a poco, hasta en las épocas más oscuras, en las que un pequeño diario era lo único que me acompañaba, encerrada en mi cuarto, llenando de lágrimas. Casi a veces vienen y van juntas, pues creo que cuando el papel y las lágrimas se encuentran en el mismo punto es porque ha sucedido aquel nacimiento milagroso. Y el papel y las lágrimas se hacen hermanas. En la oscuridad, bajo la almohada de mi cuarto. En el altar de mi escritorio, como mi abuelo me enseñó, lleno de bolígrafos y papeles, fotos y sellos. Cartas. En el tren, en el autobús. A punto de decidir marcharme, con despedidas en las manos. Y siempre ahí, las benditas palabras que mi abuelo me regaló. Estas que nunca me han abandonado. Las mismas de las que bebo día a día y que regalo a los dioses la parte más sincera de mi ser. Estas que hoy comparto también con vosotros.

jueves 13 de mayo de 2010

Este mundo asusta

¿Si que lo sabías? ¿No te lo querías reconocer? ¿Quién eres? ¿Por qué tienes una foto mía que me lanzaste años antes de conocerme en Valencia? Sí, que este mundo asusta. Ya lo sabemos, pero no nos asustaremos más, porque hemos sido muy fuertes y hemos resistido a través del tiempo a guerras, ritos macabros y demás. ¿Qué nos puede separar? Ya nada, mi amor.

Antigona despierta. Quiere dejar de odiar lo que fue, la estupidez de echarte de menos sabiéndote cerca. Quiere perdonarse a sí misma pero no puede, porque es el esfuerzo más grande que le toca hacer por ahora. Y me acuerdo cuando me pedías que no desapareciera de tu vida, y me odio a mí misma por querer escaparme a hurtadillas y de noche, sin decir tan si quiera adiós. Por tratar de adelantar lo evidente y evitarte sufrimiento. ¡que estúpida! Pero bueno, tú ya sabes que hay causas mayores por las que luchar, que sí, que el amor es la fuerza y lo que nos mueve, pero a veces se nos reclama por ahí para librar batallas imposibles. O no tanto. ¿Me dejas que te prometa que volveré? Sabes que lo haré, soy demasiado orgullosa como para dejarte ir. Y ahora mismo, no escribo yo, escriben todas y todos los que fui. Aquello que hay más allá de mi cuerpo, está todo vuelto hacia ti y te ama tan prfundamente que va a ir a buscarte allá donde estés.

Y no necesito ni decirtelo en privado, porque no debe ser la primera vez que me da por gritar a voces lo que las dos sabemos. Prefiero contarte que me imagino escribiendo alguna de nuestras historias, viendo en una librería un intento de portada que nos mira desde las estanterías de novela histórica. Puede que salgan dos personajes abrazándose en la carátula. ¿Te imaginas nuestros cuerpos, o lo que fuimos, sentados en un paseo de Alcalá? ¿Y si soñamos por un instante? dos figuras de bronce se miran a través del tiempo y el espacio. Se miran, nada más. Aunque el maldito bronce sea tan terrenal que no pueda captar Nuestra Mirada. Esa que nadie más conoce. Si hace falta me reencarno en estatua de bronce para darle ese algo que nos une.

Sabes que te voy a buscar siempre, así que dejemos de temer por un momento e imaginemos que podemos hacer todo tipo de planes. Supongamos que no hay mundo más allá del cruce de miradas que nos une. De hecho para mí no lo hay, todo lo demás son copias o sucedáneos de lo que ya conocemos. Y aquí estoy, sintiéndome pequeña de nuevo, leyendo mi magia a través de las palabras que ¿ves? no funciona porque hace tiempo que me rendí ante ti. Ya no sirven, han perdido la forma, el canal hacia los dioses, porque he encontrado un camino mucho mejor. Así que solo te digo ¿caminarás a mí lado, compañera, amante, hermana de vidas? yo volveré siempre a buscarte. Y lo sabes.

S'agapo.


miércoles 5 de mayo de 2010

Otra para tu piel y tus ojos

¿Qué escribirte? ¿Qué decirte? si la poesía más elevada, más cercana a los Dioses, se transforma en burdas palabras cuando estás a mi lado. Si pudiera encerrar la perfección de tus ojos y los míos mirándose, créeme que lo haría. Que no hay flores tampoco que pueda regalarte. Que bien, que hay flores bonitas, que quizás intente llenarte, igual que tú intentas llenarme de canciones que son meros puzzles e intentos de expresar lo que veo a través de tu rostro mientras me miras en mitad de la noche. Que reconozco en ti a la maestra, a la amiga, a la compañera, al guerrero que fuiste, a la sacerdotisa, a la madre... y siempre eres tú, siempre juntas, roja y negra o de todos los colores, o de ninguno, o de solo uno, el mío, las dos del mismo.

Si supieras que amo tanto como odio tu piel; la amo por ser tu piel y la odio por separarme de tu alma y no poder salir volando por tu ventana contigo. Y la amo cada vez que paseo por ella, pensando lo que encierra y haciéndome preguntarme cuánto tiempo te habré tocado con distintos tactos y siempre sintiendo que es el mismo. La amo como amo lo que veo en cada cruce de miradas, entre la gente. Y me río, pues a veces parece que también observo los pensamientos ajenos, como nadie más te mira como yo te miro y pienso "pobres mortales". Que está feo decirlo en público, pero finjamos que no hay público, ni escenario, ni mundo, ni circunstancias, y encerremos este instante en algo eterno.

Y ya me has vuelto a desconcentrar, así que te quedaste sin final.

Bueno, vale, volvieron las musas. Será que el peque me ha cerrado la puerta para estar sola con mis palabras, será que me encanta escribir como si supiera que nunca vas a leerme. Que vergüenza, si hasta podría ruborizarme al pensar que soy una maldita escritora mediocre, que con sus suspiros hechos verbos y adjetivos no toca ni un solo pelo de tu piel. Un intento de todo y poco de nada. ¿Qué más contarte? te hablaría de mi sueño, de la maldición de pasar horas en vela. Te diré que nunca me he hecho la dormida entre tus brazos, que solo me dejé caer y quise descansar en tí, rendida, como ya sabes, con una sola respiración como bandera blanca.

Pues eso, compañera, se nos jodieron los planes, ya ves. ¿Qué haremos con este presente que se nos ha dado? supongo que vivirlo y aprender a ser felices en cada instante, le pese a quien le pese. La bendición de tu risa no se paga con nada, o por lo menos se paga al precio más alto y por eso me da igual que me pidan la vida misma. Que me odien en estéreo o en Alta Definición ¿qué le vamos a hacer? si quien no me quiera por ser feliz que se marche de mi vida.

Por eso hoy y cada día, no te pongo un punto final, sino puntos suspensivos, me apoyo sobre ellos y camino contigo, coma a coma, palabra por palabra, para dibujarlas con mi boca en el lugar más cercano a tu cuello, donde quiero que nazcan y mueran todas. Ya ves, te quiero.

PD: Apollo, va por tí. Gracias.

Otra para Carol

De nuevo, como no tengo palabras hoy (puede que más tarde las encuentre por ahi), dejo que hable ella.

Words, Wide Night by Carol Ann Duffy

Somewhere on the other side of this wide night
and the distance between us, I am thinking of you.
The room is turning slowly away from the moon.

This is pleasurable. Or shall I cross that out and say
it is sad? In one of the tenses I singing
an impossible song of desire that you cannot hear.

La lala la. See? I close my eyes and imagine the dark hills I would have to cross
to reach you. For I am in love with you

and this is what it is like or what it is like in words.