jueves 29 de julio de 2010

Corazón de alambre


Respira una vez más. Déjalo latir, aunque suene a óxido, lastrado y ajado por el tiempo y las ganas de sufrir. Late de nuevo, con toda la oscuridad que eres capaz de soportar, desde el fondo de ese pozo en que te dejé caer. Me ordeno, echo tierra, me columpió y me mezo, pero nunca me rompo. Te dejo a un lado y miro al vacío de la ventana más abierta a mis más profundos deseos. Respira, viejo compañero, el miocardio exhausto que dejé desgarrar. Dejo pasar una pájaro delante de mis ojos, con el sol muriendo en la noche. Reposa, y late, aunque mis manos tiemblen a cada paso que doy hacia sus caderas. Busco ojos que me miren, en medio del egoísmo más absoluto. o vuelvo a la austeridad en la que una piedra es capaz de hablarme entre susurros. Las estrellas se van dibujando, como pequeñas lágrimas sobre un cielo que va degradando en noche. Pintada de pena, ajena al nuevo gorrión que canta solo para quien lo sepa escuchar, acaricio constelaciones nuevas en éste día. 

Y late una vez más, aunque parezca imposible, dejo que siga siendo así. Victimizo y agonizo y me encierro en el rincón más alejado del mundo, donde mi ausencia duele. Respira hondo, cuento hasta docientos mil. Pausada y lentamente, quiero que lata. Escucho otro latido, al fondo de mi habitación y me limito a pensar en el milagro de que ella respire. Y doy gracias de nuevo por no haber cogido la puerta por la tangente y la demente razón que me separa de los seres humanos. Las lágrimas que corroen las mismas mejillas y las púas del corazón paran. Me siento delante de una hoja en blanco. Mientras suena nuestra canción. Y respiro, escucho y vuelvo a poner mis manos a la vista, intento dejar que me quieran, dejo de pensar en que me hagan daño. Aunque tiemblen, siempre soy yo delante del papel. Y el teclado late de nuevo bajo mis dedos.

viernes 16 de julio de 2010

Me cansé de respirar

Se me murieron las ganas en el papel un día más. Me quede sin manos, dejé de respirar. Pasé días ansiando sentirlas moviéndose sobre el teclado, o sobre una libreta en blanco. Y se perdieron entre las manos del resto de gente, aún gritando de rabia, están agonizando por salir y no pueden. Se me enfrió el café sin que las razones fueran por las que vivo. Busco una y otra vez excusas y culpables para dejar de pensar que soy yo quien sabotea mis propias ganas de escribir y de sentirme viva. Si en el fondo sé que no hay más responsable que yo, la arrastrada que se pone delante de las letras y se acerca ellas como si de un templo se tratase. Ya no hago magia ni el amor, ni nada con ellas. Las miro tirada en un rincón, esperando que algún día vuelvan a mecerme, que mis lágrimas no me ahoguen de nuevo, como la desgraciada que me siento mirando los libros polvorientos de los que me enamoré. Me fundo con las sombras de lo que soy y no reino en mi propia oscuridad. Sé, sé que hay una luz, es diminuta y está muy lejana: unas palabras brillan como una pequeña estrella que no dejaré que se apague. Pero el dolor y la angustia no me deja respirar de su luz.

Quiero salir de esto y volver a ser la que fui, dejar de odiarme por no ser digna del papel. Quisiera volver a conseguir que alguien se estremeciese igual que yo lo hago cuando leo. Que Virginia dijo, "una mujer necesita una habitación propia para escribir", pero no dijo nada acerca de qué hacer cuando una misma se corta las alas. De cuando Perséfone se adentra a los infiernos y deja de ver la luz. Allí cuando alguien me dijo, precisamente hablando de Deméter, "tus palabras valen mucho, no dejes que nadie te corte las alas". Sí, y con aquella cantinela y esta admiración hacia una niña, con el nombre de una Diosa en mis labios, me fui directa a contarle a mi madre los elogios de mi profesora. "Aquí nadie te corta las alas, deja de quejarte" respondió la mujer que me parió. Ella, que tiene un ejemplar de mi publicación en el rincón más perdido de la casa. La que me hace daño cada vez que me echa en cara haberme dado a luz, ella que me arrancaba el bolígrafo y se reía cada vez que le leía mis cuentos. Y no se trata de la falta de adoración, sino de la maldita indiferencia que se convierte en desdén  y acaba en desprecio ¿Me estoy dejando vencer por los miedos de nuevo? ¿De verdad voy a permitir que una mujer decidida y dueña de su vida, como sé que puedo llegar a ser, se quede tirada en un rincón? Si algo sé es que en estos momentos de tocar fondo, más profundo no puedo caer, ahora solo queda subir a la superfície, aunque quedarse en el suelo sea lo más tentador del mundo a estas alturas de esta perra vida.

Y sí, con mi huelga y todo mi dolor, por no ponerme delante del papel en blanco, con la cantidad de folios níveos en mi carpeta, puede que me deje morir unos días, pero no voy a renunciar a lo que me da la vida. Le pese a quien le pese. Sean mis palabras las más negras, o la indiferencia entre puntos, comas y retazos. Son mías y no voy a darle a nadie el privilegio de dormirme entre letras. Porque siempre habrá un amor, unos Dioses y algo elevado por lo que escribir. Siempre seré dueña de mis manos, al igual que de mis ganas de respirar, que, por cierto, también es un acto involuntario. Así que aún sin querer hacerlo, a no ser que me maten directamente, no dejaré que me quiten aquello por lo que sé que he nacido. Y siempre, siempre, encontraré un camino entre páginas para llegar al corazón de aquellos a los que amo. Sean mis propios sabotajes u otras causas, si mi madre, que me dio la vida, no ha podido acabar con mis ganas de escribir, nadie más lo hará. Así hoy, desde lo más oscuro y profundo de mi pozo, con los ojos nublados por las lágrimas, os saludo entre letras como otros días de mi vida. Y tengo la certeza que es desde aquí de donde saldrán grandes cosas.

sábado 10 de julio de 2010

Mi pluma y yo



Un cielo se abre ante el horizonte de mis manos. Un cielo lleno de nubes, blancas o grises, qué más da. Quieren tentarme, seducirme, provocar mis dedos. Tambalean y juegan con palabras que se dibujan en mi mente, llenan el horizonte de sueños imposibles que se amontonan y luchan por salir. Y tumbada sobre un césped, me permito soñar, dejo que el cielo me absorba, que me haga volar. Allí puedo ser, o más bien, puedo dejar de ser. También puedo recordar quién fui, o puedo crear cada latido y respiración de una vida nueva. Vidas que se cruzan y se hilan, como gotas en una tela de araña.

Miro el infinito de estrellas, nubes, vacío en cadencia armónica, espirales de por qués. Y me pregunto quién tomó en sus manos ese amasijo de verdades y las puso todas juntas, con las claves precisas que hacen que ahora esté comparando un cielo abierto con mis deseos de llenar un folio en blanco. Lo veo tan sagrado y a la vez tan cercano. Solo hay que mirar arriba y dejarse mirar por él. El Sol, brillando con fuerza a través de las nubes, me contempla desde lo alto del infinito. Brilla, y sé que brilla más allá de la niebla, de los peros, de los meses sin coger mi pluma, de los reproches y las lágrimas delante del papel. Con preposiciones erradas o sin ellas, sé que escribo. De verbos y argumentos, y meses en blanco, un blanco tan níveo como el papel, sé que escribo. Y sé que sino no respiro, no vivo y tiro a la basura mi existencia entera.

Por eso mismo, delante del cielo, bajo Su mirada, recuerdo mi pluma robada por la tristeza, la depresión, los días más bajos y arrastrados de mi existencia. La recuerdo trazando líneas en el tren, dibujando las formas, que desde niña me han acompañado con sutileza. Aquella que me llamaba desde el bolsillo derecho de la camisa de mi padre, aquellos bolígrafos elegantes que le regalaban cada año. También el bic con el que me dibujaba árboles en el brazo. Y me rindo ante la jodida maravilla de que el ser humano pueda alcanzar el cielo entre las palabras. Y sí, hoy se escaparán unas lágrimas por las palabras y por todos los bolígrafos del mundo, pero solo así, podremos trazar palabras en el cielo. En ese cielo que a veces parece un papel en blanco.

domingo 4 de julio de 2010

Sí, sigo bien: de cómo el desierto se convirtió en el jardín de las Hespérides



Suena el teléfono y un número extrañamente largo, con prefijo del Reino Unido aparece en la pantalla de mi nokia. Connecting people. Maldita la hora en la que nokia decidió concect me with someone. Solo es una perdida. Calma. No va a volver. Solo que de vez en cuando le da por hacer perdidas. Es la perdida semanal. O quincenal, ya no sé. Solo lo hace para recordarme que existe.

Existe... sí, y aunque lleve más de dos años sin saber de él los recuerdos aún hacen que mi mundo se tambalee. Es cierto, será que soy frágil, que la vida me ha hecho delicada o que yo misma me desmonto con cualquier tipo de amor que me he permitido sentir en mi vida. Será que me he hecho yo misma un poco arrastrada, qué sé yo. Bueno, pasarán los días y no volveré a ver ese maldito prefijo. Así que disfruto de mi felicidad unos días más.

Las tormentas me sorprenden en medio de la carretera esta vez. Pero llego a casa con varias perdidas de mi chica, que ha estado preocupada. Asusta ver la forma de las nubes, movidas por el aire, la lluvia y los relámpagos. Los remolinos grises, en medio de un amasijo de acero y furia, descargan un mar de incertidumbre, con sonido de ambulancias y bomberos como única banda sonora. Me pregunto si el canto de éstas catárticas sirenas nos llevará a todos a su isla algún día. Prefiero no pensarlo y admirar las formas. Solo son formas con mucha agua. Y me esperan en casa, un miedo con el que jugaron no hace mucho. "Estarás sola, serás sacerdotisa de quien quieras, pero estarás sola". Resuenan unas palabras en mi mente que aún tratan de desmoronar mi existencia. Y abro la puerta de casa y tengo visita. Están los brazos de mi compañera de vida, esperándome, un pequeño bichito que me da un chupete cuando estoy triste y uno de mis mejores amigos (alguien que últimamente se ha colado en mi vida sin esperarlo). Todos esperando.

Pasan dos días y al encender el portátil, con ímpetu escritor (ya, bueno, ese que me hace seguir adelante muchas veces, como bien sabéis todos) que se desvanece cuando una ventanita parapadeante flota sobre mi bosque de fondo de escritorio. Y leo su nombre. Su avatar con cara de pato amarillo no me hace ni puta gracia. Aquí ya no hay prefijos. Me aseguro de que no estoy equivocada y miro la dirección de e-mail. Y ahí está. Me tiro como un cuarto de hora decidiendo si contestarle. Mi capacidad de perdón es enorme. Pero hay dos palabras, que se flexionan y conjugan en mi mente y me hacen plantearme si arrastrarme tanto: "embarazada" y "abandono"... Ni siquiera me quedan ya lágrimas cuando pienso en el tema.

Así que en el minuto dieciséis me dejo de reflexiones y la curiosidad me puede. ¿Quién, después de dos años sin hablarme, se acuerda por un partido de fútbol? "verás, he visto el partido y habían chicas españolas que me recuerdan a ti" dice en su inglés desentrenado y macarrónico. "Claro, pero verás, el país está lleno de españolas, y cada una tiene un aspecto, no puedes acordarte de mí por eso...". Se molesta es hablarme en castellano. Me pongo a recordar las bonitas palabras de despedida tras un nefasto final y varios intentos de reconciliación "No volveré a hablar contigo, me voy con ella. Sé que no podré volver a verte, me voy a Brasil. Sabes que aquí acaba todo. Sé muy feliz y piensa en mí alguna vez." Claro que pienso en ti, en el niño que no tuvimos. En las noches en vela escuchando nuestra música, poniendo mi mano en mi tripa. En ponerte la cam y enseñártela. En los días en los que sé que fuiste con ella. Recuerdo estar sola, no hablar más que con un médico y poco más. Pero orgullosa de estar sola ¿Así que, encima de puta, pon la cama? Claro que voy a ser feliz...

Esta vez, las lágrimas ya no brotan solas, la habitación no se pone borrosa y sé que no me pasaré una semana tirada en casa como un zombie al recordarte. Solo veo como mi calma se tambalea de nuevo un poco. Mientras escribe por el msn, algo dentro de mi vuelve a destrozarse. Me rompo un poco, pero disimulo con templanza. Ya no estamos jugando, ahora soy más fuerte. Decido no estar sola durante el mal trago de hablarle. Me pongo al lado del amor de mi vida y se pone a leer conmigo cada palabra, cada espacio. Y en un momento dado, mis lágrimas amenazan con tormenta. Los pedacitos que se han roto en silencio quieren perder la compostura...

La miro a los ojos y me da la mano. "Ya está, mi amor" me dice con una sonrisa "ya no puede hacerte daño". Se posa a escasos milímetros de mis labios, y cuando parecía que el terremoto de recuerdos iba a destrozar mi mobiliario interno, ella hace que todo se reconstruya, que las heridas sanen. Las lágrimas no existen, ni sé dónde han ido a parar. "Mira todo lo que has conseguido". Y ahí está ella. Entonces sí tengo el valor suficiente para seguir con la conversación. Y puedo ponerle punto y final a un capítulo que se resistía a cerrarse. Y así es como el desierto, de tres años sin escribir por aquel episodio, se convirtió en el jardín que es hoy. Fin ;)