lunes 23 de agosto de 2010

Somos

 Aquí os dedjo un pequeño texto en el que hablo de la relación que tienen los dos personajes principales de mi novela. Sé que soy muy pesada con alguno de vosotros xD, pero soy una escritora pedante. Hasta hace como 6 meses no he entendido por qué estaba escribiendo sobre dos personas que tienen este tipo de relación, pero ahora puedo hablar de ello con más seguridad. Aquí habla Sheila, la protagonista, 35 años de que se desarrolle la trama. Espero que os guste y a los que no sepan nada de "Vereda", espero que se entienda bien todo. Un beso, bediunos.



Aún recuerdo la primera vez que vi a Samuel. Antes incluso de encontrarle en aquel andén de tren. De cruzarme con él por la ciudad, de forma tan casual y predestinada. Aún me hace temblar el vivo recuerdo de nuestro primer cruce de miradas, sus ojos color acero, tan frios en según qué ocasiones y con el resto del mundo. No puedo olvidar aquellos ojos devolviéndome la esecia de la que fui y la que soy. Mis vidas pasadas a su lado, estas que he estado recordando tiempo atrás, aún ahora con mis arrugas y mi pelo cano, con mis túnicas de vieja bruja colgadas en el armario, esperandome, no puedo dejar de amarle.

Mi camino mágico, con todas sus trabas e impedimentos, cuesta arriba y con cimas que se alejaban conforme más subías, siempre ha estado a su lado, en paralelo. Incluso cuando hemos estado separados, con la certeza de que seguía vivo y bien, en sus momentos más bajos, cuando puedo sentir su tristeza hasta a kilómetros de distancia. Y no podría, ni quiero, ponerle palabras a nuestra forma de existir el uno sin el otro, el uno junto al otro ni con el otro. Es tan inmenso como el mar en calma que siempre he buscado, aquel que solo encuentro entre sus brazos.

Lo sé, que la marea acabaría subiendo y devorando al bosque, como todos me decían. Que mis ojos, verde musgo, acabarían empapados eternamente. Eso es algo a lo que estuve expuesta. Que quizás, las vidas pasadas fueron más agradables y más fáciles, como decía Núriel, quizás en esta debíamos aprender a ser enemigos.O a estar separados. Pero aún siendo la persona que conspirara por mi muerte, no podía dejar de amarle, de saber quién era y vivr la condena de no tenerle a mi lado. Y eso es algo que el resto de mis hermanas de aquelarre nunca entenderían, ni mi aprendiz. Pero por alguna extraña razón, sabiéndome sola entre mis compañeras las brujas, tenía la certeza de que en algún lugar del mundo, un lugar que por cierto, tenía costa, él se sentía igual que yo. Siempre a la par, siempre sintiéndole más cerca que a cualquier otra persona en el mundo, respirando sus sentimientos a mi alrededor. Y rodeé mi taza de té con ambas manos, tan solo para calentarlas en medio de aquella fria nohe de febrero. Llevaba todo el día recordando aquella día en que, hacía ya hoy 35 años, yo soñaría con Samuel por primera vez. Y entonces dejé de sentirme sola.

sábado 14 de agosto de 2010

más de dos mil años después

Desaparezco entre las formas de tu cara y traigo a mí el ser que fui y los que todavía viven en mi memoria de trapo. Un deseo desesperado me hace recorrer toda tu piel, volviéndome loca a cada centímetro que rozo con mis manos. Y me desquicio, sin saber muy bien por qué, busco tus ojos en la noche, que también me miran como si fuera la última vez que pasamos juntos.

Ansío devorarte y me debato entre el amor no expresado, que me invade y amenaza con estallar en tormenta, y las ganas de perderme en tu piel. No puedo dejar de decírtelo sin palabras, con la mirada perdida en algún lugar en el que nos perdemos los dos. No habrán palabras de despedida, ni tan siquiera de amor. Eso no es para nuestro pueblo, pues la tierra que nos ha visto nacer exige que las mujeres sean compañeras dignas de los guerreros que partirán en unas horas para regalarnos la libertad. Pero mientras dure la noche, yo me quiero morir en tu piel, esa que te has dejado día a día por luchar por aquello que todos nosotros somos. Me quiero deslizar por tu rostro y tu espalda y decirte así, con mis manos, todo aquello que no estaría bien pronunciar.

Y tú, más tarde, lo único que vas a poder hacer es darme las gracias. La palabra más emotiva que puedo esperar. Busco en tus ojos un ápice de sentimientos encontrados, un resquicio de brillo, y simplemente, como estamos en una de las oscuridades más absolutas, me das las gracias. Salgo corriendo a hurtadillas y cierro la puerta de casa de un portazo. Te siento fuera y comienzo a llorar tan deseperadamente como te comía a besos la noche anterior. Ni si quiera podremos despedirnos como es debido. Lloro a escondidas, pues aquí nadie llora, solo me limito a hacerlo en silencio mientras se me corta la respiración a cada llanto. Y me muerdo el puño, como muchas otras veces, para silenciarme. Y en pocas horas el silencio invadirá de nuevo mi vida cuando te marches. Hasta nuestro próximo encuentro.