domingo 26 de septiembre de 2010

Entre páginas

Preludio en do menor

Sofía se levantó temprano como cada mañana. Eran las 5:45. Hora en la que, según su madre, todavía no han puesto ni las calles. Eso a ella le daba lo mismo, era la misma hora a la que se levantaba cada día laborable. Los festivos y fines de semana se permitía que el despertador sonara a las 8:15. Se había vestido meticulosamente, ni muy formal, ni muy casual, con el punto justo de una arquitecta que tiene que proyectar en un despacho de una compañía más o menos importante. Se maquilló despacio, sin sombra de ojos, ni apenas colorete, solo un discreto rouge de labios, nada llamativo, una fina rayita marrón por encima del párpado y un poco de rímel. A juego con su falda marrón chocolate y sus zapatos de piel vuelta. La blusa, color crema. "Qué estúpido, ponerle nombre de repostería a un color... y yo llevándolo puesto" pensó Sofía a las 6:23, cuando, estaba perfectamente vestida y arreglada frente al espejo de su armario.

Jan dormía plácidamente en su habitación cuando ella salía de casa a las 7:40, recién desayunada. Dormiría hasta pasados unos veinticinco minutos, cuando que su propio despertador sonaría también. En aquella casa de muebles contemporáneos y estilo sobrio, sin niños, con las paredes pintadas en un pulcro blanco níveo, Sofía se permitío mirar a Jan unos instantes antes de salir al trabajo. Su cabellos rizados reposaban sobre la almohada que habían compartido menos de una hora atrás. Sofía le había conocido en una tertulia literaria hacía más de 5 años y, tras charlas de segundos, minutos y horas acerca de sus libros preferidos, se enamoraron locamente. O todo lo locamente que Sofía consideraba correcto dentro de un enamoramiento. Y todo lo enamoradamente que se puede estar, siendo una persona cuerda. Tras la lucha de antónimos y el carrusel de sentimientos, Jan se mudó a casa de Sofía en un año y medio. La convivencia era estupenda.

Salío con el pelo recogido, con los rizos adiestrados en una trenza, cada mechón caoba en su sitio. De camino a la oficina, recodó que tenía una fiesta de cumpleaños en casa de su madre...Jan se reuniría allí con el resto aquella misma tarde. Se puso a repasar mentalmente de qué sobrino sería ésta vez y no cayó en la cuenta, así que cogíó su móvil y mandó un sms a Jan. Él sabría qué hacer en estos casos, pasar por la juguetería de turno al mediodía y llevar algo unisex y válido para casi cualquier edad.

Pasaron las horas de una mañana en la que toda tarea estaba perfectamente bajo control, las rutinas cada una a su hora, menos un pequeño incidente acerca de los materiales de una de las obras que la constructora llevaba. A las 13: 30 salió a comer con un único acompañante: Invisible de Pual Auster. Sus ojos, grandes y de color caramelo se paseaban por entre las hojas, se columpiaban entre los renglones que se posaban en fila india, de plato en plato, hasta llegar al postre.

Salió de la oficina para reunirse con familiares y demás. Le silvaron un par de obreros de camino. No era una chica especialmente deslumbrante, ella se consideraba normal, pero por lo visto, y por los balbuceos de aquellos operarios, debía ser una mujer atractiva, por las sandeces que tanto le molestaron. Los tacones resonaban en la calzada mientras tomaba el camino hacia el metro.

La casa de su madre era un edificio antiguo, las escaleras eran altas y siempre le costaba trabajo llegar al quinto. Estaba llegando un poco tarde, una costumbre poco común en ella, pero el metro había tardado más de lo habitual. Sofía llegó al cuarto, agotada. Respiró agitadamente. Se le iban saliento unos pocos mechones de su trenza caoba. Se le posaban en la cara y la hacían parecer aún más pálida. Escuchó las voces de bienvenida de sus sobrinos y su madre cuando llegó al descansillo del quinto. La puerta, esa puerta que tantas veces había atravesado durante su infancia, parecía algo más cansada y oscura de lo habitual. La madera estaba más resquebrajada de lo que podía recordar. Se dispuso a llamar a la puerta y su madre le abrió con una sonrisa y un paquete envuelto de color rojo sobre las manos. Llevaba un lazo negro y una pegatina que rezaba "felicidades". Le pareció un envoltorio muy serio para un niño o niña, pero le dio un par de besos a todo el mundo, colgó la chaqueta de entretiempo, besó a Jan y se sentó en la mesa sin media palabra. Las luces se apagaron. Era momento de sacar la tarta y los regalos. Todos los años lo hacían así, y a los niños les encantaba. Una pequeña merienda y las luces apagadas para la sorpresa final. después vendrían los regalos. En ese momento se escuchó la frase que dejaría helada a la joven: "felicidades, Sofía" dijeron al unísono todos los miembros de su familia y Jan, allí reunidos.

Con manos temblorosas, sin recordar muy bien ni en qué día vivía, sonrió nerviosamente. Al salir del trance de oscuridad, se encontró con la tarta con un 25 en velas rojas sobre ella. Era para ella. Sí, ella, Sofía, de 25 años. Al soplar las velas, pidió el deseo que todo el mundo le dijo que debía pedir: "que mi vida cambie". Con esta petición abierta a cualquier circunstancia, su madre le entregó el paquete rojo. Lo abrió incrédula. Aún no podía imaginar por qué había olvidado su propio cumpleaños. Rompió el papel ante la mirada atónita de su familia, pues ella siempre quitaba el celo y guardaba el papel para reciclarlo en un próximo regalo. Era un libro. Era un libro de poesía... aquel terreno tan inexplorado. Se llamaba "Los susurros de la brisa". Cerró unos instantes los ojos y sintió como la brisa le hablaba entre paginas y renglones en espiral. Se permitió sentirse otra persona y volar más allá aquel viejo piso céntrico de escalones altos. Y salió del quinto piso de casa de su madre, de su propio cumpleaños que ella misma había olvidado, del lado de su novio, Jan, con el que llevaba más de 5 años. Y cruzó el cielo envuelta en los susurros de la brisa.

miércoles 15 de septiembre de 2010

Feliz partida y feliz reencuentro


Sé que sonríes, desde un lugar alejado de mí, sin saberte cerca, sin saber que me buscas, yo también te he buscado. Me registré de incógnito un par de veces por tus rincones, y ahora que veo que este desierto nunca estuvo tan árido ni tan desierto como pensé, me atrevo a decirte que el té de tu casa es el mejor del mundo. Ni por la miel de tu pueblo, ni por el agua que compras, solo por ser el tuyo.

Y sonrío, cuando la vida da mil vueltas, cuando más feliz me siento, sobre mis letras de papel, ante la perspectiva de que la vida sea por fin más amable conmigo de lo que nunca ha sido, veo asomarse la luna desde mi pantalla cibernética. Se asoma y su cara es tan resplandeciente como oscura, con todas sus fases, al completo. Hoy veo volver las cartas sin respuesta, los dedos recorren el teclado para decir cosas que quedaron guardadas en un pequeño cofre de mi garganta. Ya no duelen las heridas, han cicatrizado poco a poco. He aprendido a ser fuerte y adulta, me levanto sobre mis piernas y éstas ya no tiemblan. Ahora puedo volver a reencontrarme con mis sombras.

Por eso hoy doy las gracias, por los reencuentros. Y como si de un brindis se tratara (algunos conocen esa faceta mía ritual de los brindis eternos), hoy levanto mi copa llena y limpia por los que vuelven. O por los que nunca se marcharon. Feliz reencuentro.

martes 14 de septiembre de 2010

See you at Victoria



Y me engulle de nuevo la ciudad. Vuelve a retenerme como siempre lo hace, la gente me confunde entre sus habitantes, me preguntan las direcciones... la tarjeta de transporte deja de funcionarme a escasas horas de salir de Londres. Miro al cielo y es gris. Siempre gris. A veces sol, y casi siempre lluvia. Como siempre, las maletas de vuelta pesan más de lo habitual. Me armo de valor de nuevo: no tengo ni una sola libra en los bolsillos, ni cobertura en el movil, ni forma de llegar a la estación de Victoria que me llevaba de vuelta a casa.. ¿casa? bueno, sí, ese país en el que vivo habitualmente. 

Y camino sola por esta ciudad que me ha dado la vida y me la ha quitado tantas veces, con el mismo presentimiento de hace unos años, de aquella noche de primavera en la que llegué a las mil (cuando todo allí está cerrado) y me vi en la calle sin lugar donde ir. "Otra vez, Londres me quiere comer" pensé con nostalgia. Pero si lo conseguí entonces, no voy a dejar que hoy, que tengo las mejores razones de mi vida para volver a España, la ciudad pueda conmigo. Me invade esa misma energía de lucha y me pongo a mover los hilos para coger ese tren. Parece que la Diosa me ha escuchado.

Y sin poder evitarlo veo las caras, una a una de todos aquellos que me han acompañado en mi viaje por la ciudad del Támesis. Reuerdo donde tomé una copa de vino a la orilla del río, con sabor a chile entre conversaiones. Al lado de casa, en "el perro tuerto" brinde por mi estancia más o menos permanente con mis compañeros de piso, con mi pelo a lo años veinte y peliroja como una cabina. Sonó un U2 de fondo aquella noche, y de nuevo en Covent Garden con gente a la que amo y adoro de la mano. No puedo dejar de montar los puzzles con las historias de cada viajero de paso que me he cruzado. Y de aquellos que se mantienen en mi vida. Pienso en la estupidez de turno, esta que me asalta a cada esquina siempre en Londres: quizás nadie me eche tanto de menos, todo el mundo tiene otras personas cerca.

Seco mis lágrimas bajo el cielo encapotado de recuerdos y me lanzo a hacer lo imposible. No quiero caminar por más tiempo sola. No de esta manera. Y hay gente esperándome en Victoria. Quiero caminar y tener a alguien al lado con quien compartir mi senda. Quiero la mano que me tienden. Y cruzo la línea del metro pensando en los brazos que son mi casa. Y cruzo de nuevo la línea de metro para coger la mano que me espera. Gracias.

martes 7 de septiembre de 2010

London, my baby!


Te perdí, me dejaste marchar. Cogí el vuelo de vuelta con el vientre lleno de esperanzas. Hundida en la miseria más baja de mis noches oscuras, me perdiste. Dejé la nana a medio cantar, ahogada en el llanto de la puta soledad. Si bien puta, ya no duele, si bien una perra desgastada, aquello en lo que me convertí después de ti, aún todavía me buscas. Pues ya cansada, en mis días más claros, de ser la muñeca que se deja ultrajar, me convierto en la que sueñas, tras un velo de gasa. Me dibujo como plena en mis curvas, me planeo como un deseo de seducción, como la que soy y siempre fui. Llámame como quieras, meretriz, si te apetece, pero hoy no te voy a dejar ganar.

Como una araña que entreteje sus redes, te prometo un café y te frotas las... manos, al recordar mi cuerpo sobre el tuyo. Dejo que me invadas en tus sueños, que hagas lo que quieras con mi recuerdo. Fantasea con el café prometido, hunde mi cuerpo en su espuma si te apetece. Porque Londres ya no duele. Ya no es la ciudad de las tormentas, ni de los deseos rotos, ni de las esperanzas ahogadas en el Támesis. Mi puerta ya no es tu puerta, ya no hay un nosotros, ni habitaciones en las que perdernos de madrugada. El Tower Bridge ya no nos alumbra cuando nos perdemos, ni hay autobuses que esperar contigo, ni castillos de Windsor sobre el aire.

Porque he encontrado un amor más grande que el que tú me negaste, porque en sus brazos soy lo suficientemente fuerte como para no desmontarme en pedacitos cuando me hablas.Y ya no me puedo permitir otra falta de respeto de gente como tú. Ahora toca ser fuerte, ser la persona que nadie creía que podía llegar a ser. Hoy se me llena la boca al decir que no te necesito.

Que Londres es la ciudad de ir cogida de la mano de la gente que me quiere, de la gente que me da sin pedir nada a cambio, dejó de ser la ciudad del amor mendigo. Va a dejar de ser tuya y mía. Vuelvo después de tanto tiempo sin pensar en la historia que hacía que mi corazón se parase. Me armo de valor y dibujo el vuelo de regreso en mis pensamientos. Porque Londres ya no duele.

viernes 3 de septiembre de 2010

Las piedras del camino



Porque siempre escuchan, y te acogen en su seno cuando lo necesitas. Son hermanas y compañeras, más antiguas y sabias de lo que nunca lo será un humano. Inmutables, sanadoras, propician el cambio mágico y despieran nuestros recuerdos más ocultos. Nos dejan que llamemos a la puerta de su casa de cristal y nos hablan de sus andanzas por el mundo.

Reflejan, ocultan, prenden y activan, desbloquean y despejan dudas. Son la abundancia cuando sabes recibirla, ni cuándo quieres ni cuándo puedes, siempre estables, el suelo por el que camino No conocen el tiempo como algo preestablecido, pues han aprendido a vivir fuera de él, como magas. Perfectas. Hoy escribo por mis compañeras de camino, ellas que siempre, siempre, siempre, están ahí. Como las hijas de la Tierra que son.