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Corazón de alambre

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Respira una vez más. Déjalo latir, aunque suene a óxido, lastrado y ajado por el tiempo y las ganas de sufrir. Late de nuevo, con toda la oscuridad que eres capaz de soportar, desde el fondo de ese pozo en que te dejé caer. Me ordeno, echo tierra, me columpió y me mezo, pero nunca me rompo. Te dejo a un lado y miro al vacío de la ventana más abierta a mis más profundos deseos. Respira, viejo compañero, el miocardio exhausto que dejé desgarrar. Dejo pasar una pájaro delante de mis ojos, con el sol muriendo en la noche. Reposa, y late, aunque mis manos tiemblen a cada paso que doy hacia sus caderas. Busco ojos que me miren, en medio del egoísmo más absoluto. o vuelvo a la austeridad en la que una piedra es capaz de hablarme entre susurros. Las estrellas se van dibujando, como pequeñas lágrimas sobre un cielo que va degradando en noche. Pintada de pena, ajena al nuevo gorrión que canta solo para quien lo sepa escuchar, acaricio constelaciones nuevas en éste día.  Y late una vez más,...

Me cansé de respirar

Se me murieron las ganas en el papel un día más. Me quede sin manos, dejé de respirar. Pasé días ansiando sentirlas moviéndose sobre el teclado, o sobre una libreta en blanco. Y se perdieron entre las manos del resto de gente, aún gritando de rabia, están agonizando por salir y no pueden. Se me enfrió el café sin que las razones fueran por las que vivo. Busco una y otra vez excusas y culpables para dejar de pensar que soy yo quien sabotea mis propias ganas de escribir y de sentirme viva. Si en el fondo sé que no hay más responsable que yo, la arrastrada que se pone delante de las letras y se acerca ellas como si de un templo se tratase. Ya no hago magia ni el amor, ni nada con ellas. Las miro tirada en un rincón, esperando que algún día vuelvan a mecerme , que mis lágrimas no me ahoguen de nuevo, como la desgraciada que me siento mirando los libros polvorientos de los que me enamoré. Me fundo con las sombras de lo que soy y no reino en mi propia oscuridad. Sé, sé que hay...

Mi pluma y yo

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Un cielo se abre ante el horizonte de mis manos. Un cielo lleno de nubes, blancas o grises, qué más da. Quieren tentarme, seducirme, provocar mis dedos. Tambalean y juegan con palabras que se dibujan en mi mente, llenan el horizonte de sueños imposibles que se amontonan y luchan por salir. Y tumbada sobre un césped, me permito soñar, dejo que el cielo me absorba, que me haga volar. Allí puedo ser, o más bien, puedo dejar de ser. También puedo recordar quién fui, o puedo crear cada latido y respiración de una vida nueva. Vidas que se cruzan y se hilan, como gotas en una tela de araña. Miro el infinito de estrellas, nubes, vacío en cadencia armónica, espirales de por qués. Y me pregunto quién tomó en sus manos ese amasijo de verdades y las puso todas juntas, con las claves precisas que hacen que ahora esté comparando un cielo abierto con mis deseos de llenar un folio en blanco. Lo veo tan sagrado y a la vez tan cercano. Solo hay que mirar arriba y dejarse mirar por él. El Sol, brillando ...

Sí, sigo bien: de cómo el desierto se convirtió en el jardín de las Hespérides

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Suena el teléfono y un número extrañamente largo, con prefijo del Reino Unido aparece en la pantalla de mi nokia. Connecting people. Maldita la hora en la que nokia decidió concect me with someone. Solo es una perdida. Calma. No va a volver. Solo que de vez en cuando le da por hacer perdidas. Es la perdida semanal. O quincenal, ya no sé. Solo lo hace para recordarme que existe. Existe... sí, y aunque lleve más de dos años sin saber de él los recuerdos aún hacen que mi mundo se tambalee. Es cierto, será que soy frágil, que la vida me ha hecho delicada o que yo misma me desmonto con cualquier tipo de amor que me he permitido sentir en mi vida. Será que me he hecho yo misma un poco arrastrada, qué sé yo. Bueno, pasarán los días y no volveré a ver ese maldito prefijo. Así que disfruto de mi felicidad unos días más. Las tormentas me sorprenden en medio de la carretera esta vez. Pero llego a casa con varias perdidas de mi chica, que ha estado preocupada. Asusta ver la forma de las nubes, mov...

ISBN

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Hoy, Apolo, va por ti. Y otra vez, como salido de un sueño, el sol se despertó brillando sobre un cielo que se me antojaba azul. Al día siguiente de volver de Hellas, con mis manos temblando, me pasé casi todo el día desconectada o fuera de cobertura. Tan desconectada que no podía parar de temblar, y cansada miraba las montañas del Alcalá, ingenua de mí, buscando el azul del mar que tan traicioneramente me simulan esos montes engañosos. Me escapo lejos y no pretendo volver hasta que la razón de mi existencia me coge de la mano y me pone esa misma mañana delante del portátil, con intención de trabajar algo en mis cosas. Con días y días a mis espaldas de olvidar la pluma, la lira enmudecida por falta de praxis y parte del café derramado por la inseguridad de mis manos, me planto a mirar el correo. Leo atentamente, con calma. Bien, profesores dándome fechas de entrega. Otro más de spam. Voy a tener que hacerme otra cuenta. Vaya, aquí está la profesora de "Estilística". Sí, aquí ...

έξοδος

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Y de repente el mundo es extraño ahí fuera. Aquellos que me han acompañado hasta ahora son como conocidos lejanos. Sus rostros dejaron de ser familiares en el momento en que las personas allí me acogieron como a una más, con más familiaridad de lo que nunca había hecho ni mi propia madre. Desconocidos que sonríen al pasar hacen que me olviden de la vida que llevé días atrás. Y ahora el Éxodo. Miro unos segundos más, por última vez hasta no sé muy bien cuándo, las piedras que me han acogido estos últimos días. Alguien me aprieta fuerte la mano y me mira a los ojos, prometiéndome que volveremos a casa. Es la mujer de mi vida, y sus ojos son tan antiguos a veces como las mismas piedras sagradas por las que ahora lloro. Y de repente veo las llaves, y comienzo a saber quién soy. Sin miedo. Sin etiquetas ni prejuicios. Y ahora que intuyo a Helena aquí, pienso que le gustará saber por qué se va a llamar así. Algún día le hablaré del amor, de los distintos tipos de amor que se pueden experimen...

Dejarse caer desde un precipicio tal alto como un décimo piso

Sedienta y seca por dentro, de tanto ponerme al límite del sufrimiento. Renunciando a buscarme a mí misma y permitíendome vencer por la oscuridad una y mil veces más esta tarde. Sabiendo que no hay vela lo suficientemente potente para que me muestre un resquicio de las paredes, llenas de telarañas y polvo, por cierto, por no cuidar mucho de ellas, de esa habitación en la que me debería haber rendido. Sí, barroca y compleja, con mis lados angulares y mis espadas en guardia. Pero el guerrero también debe aprender a reconocer a sus verdaderos adversarios y dejarse de gilipolleces. De mierda y autodestrucción, de ponerse firme y erguido, sabiéndose un ser valeroso y dispuesto a salir media batalla consigo mismo y después con el mundo. Luchar, algo tan olvidado y conocido como el respirar, como las palabras a las que tanto amo, otro más de mis actos divinos frente al espejo. Siendo orgullosa y arrogante, pero capaz de llenar la maleta de tres cosas y poner los pies en mi camino, me adentro ...