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Laundry service

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Esta entrada es una ejercicio que tenía ganas de probar. Quería jugar con los dos personajes de la novela en otro ambiente. Creo que ha quedado bien :) Espero que te guste, siempre es para ti. La máquina expendedora escupió un sobrecito plateado de detergente. El contenido ayudaría a que su ropa entrara en la máquina sucia y saliera limpia. "Maravillas de la era moderna" se dijo mientras introducía la ropa en el agujero de la maquina "la magia de la lavadora". Unas monedas en la rendija marcarían el pistoletazo de salida de la limpieza de su colada. Se recogió el pelo rizado en una cola alta y sacó sus libros de semántica. En una semana tendría que garabatear páginas y páginas con cierta coherencia que respondieran a las preguntas de su profesora. Llevaba años haciendo las mismas preguntas y aunque sus compañeros de facultad decían que la buena señora solo preguntaba el tema uno, el dos y el tres, Lucy insistía en que por precaución había que mirarse hasta el cinco....

Juego de reinas

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Hace unos días fue el cumpleaños de Virginia Woolf. Se ha escrito mucho sobre ella, sobre su relación con Vita Sackville-West y escribiendo este texto quiero dejarme llevar por la idea de que mi musa vive en mi mente y siempre voy a celebrar su cumpleaños. Tiene la manía de sacarme de mis tardes de letras negras. Con este post, ha nacido la idea de recrear desde el punto de vista de Virginia una tema tan trillado como el mundo mismo: la relación entre ambas. Con esto hasta he descubierto una colección de moda (alta costura, que no es moco de pavo, de pavo real) basada en el jardín que diseñó Vita. Con éste texto no pretendo escribir lo inescribible. No pretendo recrear una mañana en la que no estuve. Y pues supuesto, solo quiero disfrutar de la licencia que me da el arte de las letras, que me enseña cada día Virginia, esta amiga que llena mis estanterías. Así que, que me perdone el lector si he cubierto con mi imaginación los detalles. Y si, ahora vamos a darle, con un poco de retraso,...

London

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Había soñado con subirse a ese avión tantos años. Cualquier persona de su edad y condición hubiera llenado la maleta de enseres innecesarias. Ropa de verano, deportiva, chaqueta para el frío, secador de pelo, un kilo y medio de maquillaje, zapatos de bonito y de a diario ¿pero adónde íbamos a parar? No, Lucía no se iba a la guerra. Llevaba lo imprescindible. Acarició de nuevo la palabra entre sus labios "imprescindible". Y se estremeció al sentir su corazón en una jaula de oro. Al contener una respiración y mirar por la ventana, fingió que no le importaba el recuerdo que acaba de cruzar su mente. Se le sentó una señora con una bolsa de viaje más grande que el mismo asiento. Entró dando culazos y sonriendo y tras poner subir su maleta, reparó en Lucía.   –¡Ay. hija! ¡Qué cansancio por pasar por todos esos controles de seguridad!   Lucía miró a la mujer de pelo escarola que llenaba un vestido de verano no muy adecuado para su edad. Pero ¿quién era ella para opinar sobre su ropa...

El pacto

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El humo del incienso trepaba por las paredes y se deshacía en el techo. Una fresca tarde de primavera anunciaba una noche que que aún no había hecho su tímida aparición. Las las llamas de las velas bailan y se preparan para la gran invocación. En el suelo, ella había pintado un círculo de tiza las líneas que formaban el sello preciso. Él había colocado todos los útiles necesarios, el mantel de la mesa que les serviría para colocarlo todo. Astrid suspiró, sabiendo que debía disipar toda duda de su mente antes de continuar. Se echó el velo escarlata sobre el rostro y Alexis la imitó con una gasa negra carbón. Astrid se preguntó con cierta diversión como su amigo y compañero podía resistir ahí dentro.  El ejercicio debía realizarse con absoluta precisión. Ambos se conocían desde hacía años pero era indispensable que llevaran sus caras veladas. La orden no les había dicho el verdadero motido. Aquella tarde realizarían el último movimiento de una melodía que duraba años de entrenamiento...

La danza del fuego

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"Un día más en el que no me matan" pensó Abigail, sentada en la mesa de madera frente al fuego. Su prima le había dejado un plato de comida y sus manos se había rozado. Se acercó el pan y los cubiertos, mientras la trenza de aquella desalmada se perdía contoneándose dentro de la caravana. Abigail intentó no pensar más ello y como buena esposa, con un gesto de mano deshizo el pensamiento de los ojos verde aceituna que se clavaban en su alma. Su marido era un buen hombre. Tenían un niño de menos de tres años y otro que venía en camino. Si la luna le permitía y su vientre seguía creiendo, pronto le daría otro hijo. Aunque aún no se le notaba ni se lo había dicho a Sacra. —Hijo, cúchame bien.—la vieja Carmina levantaba la mirada y todos los adultos callaban. Era tan temida como respetada—Lo primero, niño, cómete ese puré que buen trabajo le ha costado a tu mae—el niño al que regañaba cogió la cuchara se puso a comer—Ahora. Las llamas crepitaban y la noche se iba posando poco a po...

A cuatro manos

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Tecleas y tus manos dibujan y recorren mundos. Es como verte respirar mientras duermes. Tecleo y vuelve de nuevo esa corriente eléctrica que me trae de vuelta a lo que siempre quise haber sido.  Tenemos dos teclados que suenan en la noche, como aquella primera vez donde parecía que hacíamos el amor a cuatro manos. El silencio vuelve a instalarse en el salón mientras las tazas de té se vacían en su infinita danza. Es mejor que cualquier sueño en esta u otras vidas. Dos manos que conocen mis instintos, mis miedos y agarran fuerte cuando el suelo tiembla. A cuatro manos, hemos esrito nuestra vida, la historia de nuestros ancestros, que también está escrita en las estrellas. Los días que vienen, con los que están y los que no están. Respirando al mismo compás, devorándo los caractéres que ahora cuentan los renglones, las líenas y cruzan tramas. Te miro de lejos y me siento más cerca de ti que nunca. Un suspiro más y habrás puesto una coma. O quién sabe si el punto con el que acabas de ...

Sábanas arrugadas

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—Siéntate. Tenemos que hablar. —¿No pretenderás que arreglemos el desastre de estos años en una sola noche? —Dije que tenemos que hablar. No que fuéramos a arreglar nada, Ángel. Las sábanas jugaban con las luces de la habitación y las curvas de la que todavía era mi novia. Que las cosas no iban bien era algo que ya sabíamos. El teléfono, recién colgado, aún tenía el sabor de la llamada que acababa de hacer al trabajo fingiéndome enfermo. No era la primera vez que me tocaba con sus alas y me bajaba al mismo infierno. Y ya no existían trabajos, ni clases, ni responsabilidades. Me senté al borde de la cama. agarrándome como si del precipicio mismo se tratara. París hacía rato que se había despertado y Monique tenía los ojos hinchados, Una noche de sexo de reconciliación no bastaba. La miré de lejos mientras se incorporaba, aún con el sabor de sus besos en mi boca. Se irguió como una reina en su trono y me dedicó la mirada más dura que tenía.  —¿Qué he hecho esta vez?—Monique cogió la ...