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London

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Había soñado con subirse a ese avión tantos años. Cualquier persona de su edad y condición hubiera llenado la maleta de enseres innecesarias. Ropa de verano, deportiva, chaqueta para el frío, secador de pelo, un kilo y medio de maquillaje, zapatos de bonito y de a diario ¿pero adónde íbamos a parar? No, Lucía no se iba a la guerra. Llevaba lo imprescindible. Acarició de nuevo la palabra entre sus labios "imprescindible". Y se estremeció al sentir su corazón en una jaula de oro. Al contener una respiración y mirar por la ventana, fingió que no le importaba el recuerdo que acaba de cruzar su mente. Se le sentó una señora con una bolsa de viaje más grande que el mismo asiento. Entró dando culazos y sonriendo y tras poner subir su maleta, reparó en Lucía.–¡Ay. hija! ¡Qué cansancio por pasar por todos esos controles de seguridad!Lucía miró a la mujer de pelo escarola que llenaba un vestido de verano no muy adecuado para su edad. Pero ¿quién era ella para opinar sobre su ropa, si …

El pacto

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El humo del incienso trepaba por las paredes y se deshacía en el techo. Una fresca tarde de primavera anunciaba una noche que que aún no había hecho su tímida aparición. Las las llamas de las velas bailan y se preparan para la gran invocación. En el suelo, ella había pintado un círculo de tiza las líneas que formaban el sello preciso. Él había colocado todos los útiles necesarios, el mantel de la mesa que les serviría para colocarlo todo. Astrid suspiró, sabiendo que debía disipar toda duda de su mente antes de continuar. Se echó el velo escarlata sobre el rostro y Alexis la imitó con una gasa negra carbón. Astrid se preguntó con cierta diversión como su amigo y compañero podía resistir ahí dentro. 
El ejercicio debía realizarse con absoluta precisión. Ambos se conocían desde hacía años pero era indispensable que llevaran sus caras veladas. La orden no les había dicho el verdadero motido. Aquella tarde realizarían el último movimiento de una melodía que duraba años de entrenamiento. Se…

La danza del fuego

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"Un día más en el que no me matan" pensó Abigail, sentada en la mesa de madera frente al fuego. Su prima le había dejado un plato de comida y sus manos se había rozado. Se acercó el pan y los cubiertos, mientras la trenza de aquella desalmada se perdía contoneándose dentro de la caravana. Abigail intentó no pensar más ello y como buena esposa, con un gesto de mano deshizo el pensamiento de los ojos verde aceituna que se clavaban en su alma. Su marido era un buen hombre. Tenían un niño de menos de tres años y otro que venía en camino. Si la luna le permitía y su vientre seguía creiendo, pronto le daría otro hijo. Aunque aún no se le notaba ni se lo había dicho a Sacra.
—Hijo, cúchame bien.—la vieja Carmina levantaba la mirada y todos los adultos callaban. Era tan temida como respetada—Lo primero, niño, cómete ese puré que buen trabajo le ha costado a tu mae—el niño al que regañaba cogió la cuchara se puso a comer—Ahora.
Las llamas crepitaban y la noche se iba posando poco a poc…

A cuatro manos

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Tecleas y tus manos dibujan y recorren mundos. Es como verte respirar mientras duermes. Tecleo y vuelve de nuevo esa corriente eléctrica que me trae de vuelta a lo que siempre quise haber sido. 
Tenemos dos teclados que suenan en la noche, como aquella primera vez donde parecía que hacíamos el amor a cuatro manos. El silencio vuelve a instalarse en el salón mientras las tazas de té se vacían en su infinita danza. Es mejor que cualquier sueño en esta u otras vidas. Dos manos que conocen mis instintos, mis miedos y agarran fuerte cuando el suelo tiembla. A cuatro manos, hemos esrito nuestra vida, la historia de nuestros ancestros, que también está escrita en las estrellas. Los días que vienen, con los que están y los que no están. Respirando al mismo compás, devorándo los caractéres que ahora cuentan los renglones, las líenas y cruzan tramas.
Te miro de lejos y me siento más cerca de ti que nunca. Un suspiro más y habrás puesto una coma. O quién sabe si el punto con el que acabas de atrop…

Sábanas arrugadas

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—Siéntate. Tenemos que hablar.—¿No pretenderás que arreglemos el desastre de estos años en una sola noche? —Dije que tenemos que hablar. No que fuéramos a arreglar nada, Ángel.
Las sábanas jugaban con las luces de la habitación y las curvas de la que todavía era mi novia. Que las cosas no iban bien era algo que ya sabíamos. El teléfono, recién colgado, aún tenía el sabor de la llamada que acababa de hacer al trabajo fingiéndome enfermo. No era la primera vez que me tocaba con sus alas y me bajaba al mismo infierno. Y ya no existían trabajos, ni clases, ni responsabilidades.
Me senté al borde de la cama. agarrándome como si del precipicio mismo se tratara. París hacía rato que se había despertado y Monique tenía los ojos hinchados, Una noche de sexo de reconciliación no bastaba. La miré de lejos mientras se incorporaba, aún con el sabor de sus besos en mi boca. Se irguió como una reina en su trono y me dedicó la mirada más dura que tenía. 
—¿Qué he hecho esta vez?—Monique cogió la almohada…

La librería de Alicia

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Y sin embargo, el libro no le gustó tanto. Miró de nuevo la portada. acarició las tapas desgastadas. Había esperado tanto para leerlo. Recoraba a la perfección el día en el que le echó el ojo aque libro. Lo tenía en mente desde hacía muchos años. Pero la vida no le había dado la oportunidad de encontrarlo de nuevo. Claro, que lo tuvo en la mente siempre, y hablaba de él a diario. Llegado el punto, el resto de personas que la rodeaban ya sabían que si algún día pasaban por delante una librería tenían que buscarlo para regalárselo.
Sin embargo Alicia tenía muchos libros. Estanterías llenas de libros y pasillos. Había leído todos y cada uno de ellos. La mayoría no eran difíciles de adquirir y otros como pájaros exóticos. A menudo se detenía en el centro de la sala más grande, aquella donde no dejaba entrar a las visitas y miraba todos los libros que había amado. A veces no recordaba por qué uno en concreto le había gustado tanto. 
"Verás." le decía al relado más corto que jamá…

Querida piscis

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Un brillo azulado teñía los sillones y los visillos. Los floripondios del sofá, horteras a más no poder, le recordaban a las revistas de decoración de la peluquería donde trabajaba.

¿Y ahora qué? Esconcer la botellita de veneno. Nadie buscaría el arma del crímen en casa de su adorable vecina. La señora María, sorda como una tapia escuchaba la televisión a todo volúmen, aunque las horas no eran adecuadas, nadie en el bloque se atrevía a decirle nada. Julia tenía sus llaves y sabía que estaría apunto de dormirse. Era la hora en la que la buena señura se ponía a su pitonisa preferida y se dormía con la cabeza cayándole sobre el hombro y las manos aferándose al mando a distancia como si fuera su único dios.

Julia sabía que tenía que actuar con sigilo. No quería que su vecina se despertara. Un ronquido le sobresaltó. Sabía que al dejar allí la botellita que contenía el letal fármaco no se llevaría toda su culpa. Pero era el lugar más seguro en el que pudo pensar con el apremio de limpiar …