Las Respuestas


Otro aleteo y una mirada hacia abajo, donde reposaba el pesado libro. La mariposa encuadernada revoloteó en su mente, agitando versos cogidos entre sus manos, frente a ella. Él respiró agitadamente y buscó consuelo en la bibliotecaria cuarentona que nada le ponía. Sin duda, las gafas de pasta le otorgaban un aspecto nada apetecible. Pero él solo observaba a la chica de la novela histórica, que se perdía entre batallas ganadas, batallas perdidas. Nada, dejó pasar otro minuto debatiéndose entre la carrera de subrayados del compañero de al lado, que rasgaba su libreta con ansia estudiantil, y las pestañas verticales que apuntaban a su novela. Su sonrisa era un misterio de esos que cuentan los profetas, pues nada en su rostro se movía, más que sus pupilas, escondidas también, que debían acariciar las páginas, y quizás el aire alrededor suyo cuando balanceaba su pelo. Alguna vez sus dedos peinaban hacia atrás ambas cortinas castañas a cada lado, para no ver perturbada su lectura.

Y si, la bibliotecaria cuarentona volvió a estampar el sello municipal sobre un papel, para despertarlo de su ensueño. Unas jovenes se reían a carcajadas y con una tos seca recriminatoria paraba el escándalo algún miembro del personal. Y ella desvelaba el color de su iris para atender al incidente de las chicas: verde, parecía verde, pero ¿quién lo diría? pues en unos segundos un río cambiaba de color según el ánimo de las nubes que lo cubrían, ella volvió a su lectura y él se quedó igual que antes, con un verde figurado. Volvió a sus apuntes de poesía y prosa y ya todo era verde, las teorías acerca de Kafka eran verdes, el propio Kafka era verde. Musgo se volvieron las paredes de la caverna de Platón y Cicerón había adquirido un tono olivino que nada le favorecía. Se paró un instante y se dijo a sí mismo: "Idiota ¡qué estupideces piensas con tal de no estudiar!". Mira que creerse enamorado. Él, que había estado entre rubias, escocesas, holandesas, cerveza negra, ron blanco y todo el arco iris de estudiantes internacionales el jueves pasado. Como todos los miércoles, jueves, viernes, sábados...el domingo era para calmar su culpabilidad en la biblioteca.

En fin, unas cincuenta páginas más y podría ser libre por aquel día. Oficialmente el examen era en tres días. Extraoficialmente, aún podía recurrir al último parcial en un mes y recuperar la parte de la asignatura que le quedara. Pero eso era una información que el profesor no había dicho en clase, sino que era un hecho públicamente conocido que la asignatura era tan "hueso" que el profesor daba una segunda oportunidad. Había que ser idiota para confiar en un rumor y jugárselo todo a un último parcial. Así que reanudó su viaje por las corrientes de pensamiento checas, comenzando a sentir sueño cuando llegó a las estepas rusas: allí no había ni un solo árbol verde, más bien un mar de absurdo aburrimiento monocromático blanco.

"¡Concéntrate! Maldita sea...". Verdes, sí eran verdes. Y el suspiro que se desataba de su boca no sabría decir. Suspira y un mechón cae sobre su cara, seperándome más de un paisaje enterrado en la lectura. Y yo que pensaba que la éste era un lugar tranquilo para estudiar. Debo cambiar de sala. No entiendo por qué dejan entrar a éstas adolescentes...si tan solo estuvíeramos ella y yo, rodeados de letras. Pero espera. Estamos en Filosofía. Seguro que estudia Filosofía. A fin de cuentas, éste es un recinto público y tenemos un instituto en frente. Los rusos. Piensa en los rusos. Pero en éste momento, con sus manos hábiles deslizándose por su pelo y formando una trenza en su nuca deseé que los rusos se marcharan a su país de orígen.

Una tos seca y un toque de atención a las adolescentes. Ella se distrae y levanta la mirada de su mundo de palabras. Es mediodía y me muero de hambre...pero necesito concentrarme solo media hora más. Seré indulgente y leeré media hora más. Concentrado, consciente de cada idea y línea de argumento. Subrayaré como un perro y me tatuaré en cada una de mis neuronas lo que pregunte en el examen.

Seré compasivo conmigo mismo. Tengo hambre. Afuera llueve y no tengo más remedio que mojarme para llegar a la cafetería. Ella se está levantando. Se lleva el libro y recoge su bolso para acercarse al mostrador. Un acto de heroísmo me lleva a seguirla despacio, como si nada de ésto fuera conmigo. Me buscaré un libro cualquiera e iré al mostrador. Firmaré y cumpliré los plazos. Bajamos por las escaleras de mármol. Y firmamos, uno detrás de otro. "¿Renovación?" Ella asiente en silencio y firma. Guarda el libro en su bolso. Y se va. Me deja frente a la ventanilla, llevándome a casa "Los delirios del sexo y otros cuentos". ¿Cómo pude no mirar ni siquiera qué libro pillaba? Bien, ahroa eso no importa, solo firmar, rapido y sonrojándome.

La lluvia ya hacía pequeños charcos en las hojas otoñales caídas de los árboles. Él salió como un el búfalo más torpe de la manada, resbalando prácticamente por las escaleras de mármol de la entrada a la biblioteca de Filosofía y Letras. Ella caminaba con sus pequeños pies, esquivando hojas amontonadas. Y pensé, probablemente que nunca debió haberse puesto aquellos zapatos con previsiones de lluvia. Miró a ambos lados de la calle y antes de que pudiera decidir qué parada de metro le quedaba más cerca ya tenñia unas cálidas manos sobre sus ojos verdes. Dijo un nombre con voz interrogativa. Y nadie respondio. Solo él. La tomó de la cintura y la llevó suavemente hasta frente a sí. Entreabrió los labios para decir algo, quejarse o quizás gritar. Pero el segundo se condensó en un beso robado. Las gotas resbalaron por su cara y el gran bolso se cayó dejando a la intempérie un fajo de folios. Las respuestas del examen de literatura que tenía que tenía ya preparado. Así era la vida de becaria en el departamento de Teoría de los Lenguajes: preparando examenes para un profesor que prefería que una recién salida del horno estudiantil hiciera su trabajo.

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