Compartir recuerdos en redes sociales



Hoy me he encontrado a mí misma reflexionando sobre las redes sociales. Estoy un poco alejada de todo ésto, aunque en sus tiempos era la primera en abrirme cuentas en todas partes y mirar todo el tiempo en una pantalla, como si de un agujero de realidad de se tratara. Vivimos en un mundo en el que tu mejor amiga se siente mal y cinco segundos más tarde su estado ya está enterrado en recetas de postres, notícias de muerte y anuncios de "se vende coche". Inclusive puedes ver discutir a la gente en directo, solo que antes, en lugar de tomarte un café o una cerveza en un pub irlandés, ahora tienes comunidades virtuales. El retrato del mundo, de ese pedacito de mundo que es de cada uno de nosotros, da pena, somos autómatas y decimos que algo nos gusta, levantamos un pulgar y ya somos felices contando cuántos más corazones o caras felices tenemos bajo el estado.

Estamos encerrados en una jaula de irrealidad. Muy útil, moderna y conveniente, pero no deja de ser una prisión para la mente, como decía Morfeo en Matrix. Me gusta tu gato durmiendo. Echo de menos a mi mamá. No quiero ir al trabajo. Comparte y difunde. Me gusta. Me gusta. Me encanta.

No puedo evitar sentirme un poco ajena a éste modo de vida, con mi mente de papel y lápiz, en la que no caben hipocresías. Ayer precisamente, me sentía rara por ver a personas que echo de menos, porque tenerlas lejos. Me acordé del "Cap dels Llops" de una tarta de Ostara hecha con miel y naranja (creo que era algo así) y una sencillez de ritual y visita por el poblado Íbero. Del pino rebollón y miles de noches invocando a "Laura". El licor de moras siempre ayudó a que las cosas salieran bien, incluso cuándo salián mal, pasaron los años y nos convertimos en vino bueno, del que no se olvida. 

La librera imaginaria donde comparto mis recuerdos, esos que están en fotos pero que perdí en algún disco duro, está llena de Londres, de teléfonos al otro lado contando mi pérdida de maleta, de quedarme en la calle y miles de emails de madrugada, explicándo cómo me iba todo rodeada de llúvia y matándome los pies de camarera. Pero feliz. Pero la Estación del Norte siempre vuelve y ha estado ahí muchos años, para ser el punto de quedada de muchos, incluso en mi primera novela, esa que leyeron dos o tres personas pero que perdió su final en el viejo disco duro. Volvimos renovados, más viejos y algo cambiados y con nuevos proyectos, algunos perdidos y otros encontrados.

Hekate me llevó a mi casa, que por un tiempo fue Madrid. O más bien un rincón de Alcalá de Henares. Fue una época de muchas pérdidas y grandes reencuentros. Los sabores del vino se tornasolaban y vivimos lejos pero no separados. Por Alcalá de Henares me trajeron agua de Valencia algunas veces ¿quién me iba a decir que tendría soldados en casa? y que los caminos llevarían a otros a recorrer el sendero de la Vieira. La vida me regaló momentos tan mágicos como los desayunos del "Club del Churro" y noches locas con una hermanita de gafas grandes que miraba mis letras con cara de circunstancias. Ah, y también conocimos a dos profesores que decían tener un panda. Una noche, nos aburrimos y lo pintamos de verde, pero es que así lo pudimos hacer más nuestro.

Llegó un día grande, cuando mi casa se convirtió en un salón de bodas, modesto, pero arreglado. Pintamos con las voces de las musas nuestro día y casi nos desmayamos cuando nos propusieron un ritual en nuestra noche de recién casadas....pero ¿qué más daba? Si era lo nuestro. Tuvimos la mejor tarta del mundo y la cocinera, una de nuestras más fieles amigas nos pintó la boca de azul (nunca entenderé los tintes alimentícios). Ella siempre ha sido y será la niña más querida de Londres, Escocia y España. Aquell día fue tan mágico que hasta un duende vino en moto atravesando la península para ser mi madrina.

El mismo duende que me dijo ayer que me piensa todos los días y que me quiere esté donde esté. Las cosas no fueron perfectas cuándo una brujita nos llevó a Londres, pero me echo a temblar cuándo veo que pasan los años y sigue ahí como el primer guerrero del batallón. O mejor, el comandante, que le gustan los rangos. Nos llevó de viaje por el pasado y casi le faltó ponernos a tocar el piano para su deleite. No está de más acompañar al piano con el violín. No importa, mientras recuerdes que la siguiente Guinness corre de mi cuénta, sin importar en qué parte del planeta nos encontremos. ¿Tendrán Guinness en Japón?

Perdonadme si no enseño al mundo mi ensalada, o cómo duerme mi gato, o no levanto el pulgar tanto como muchos otros. Pero éstos son los retazos de mi lienzo. el mismo que se eleva en el aire y me sirve de vela para navegar cada día. Y no me imporatá cuán lejos estén las piezas del puzzle, si echar de menos es un verbo diferente en cada lengua.

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